29/4/07

“La Concertación no tiene nada que ofrecerle al país”

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El ex ministro dice que Andrés Velasco o Mario Marcel dan lo mismo, porque el problema es el miedo de los técnicos a la democracia; sostiene que la elite chilena carece de visión de Estado y que es irresponsable guardar la plata del cobre bajo el colchón por la falta de audacia y creatividad para invertirla en proyectos de alto impacto social.

El ex presidente ejecutivo de Codelco llega pidiendo disculpas por la facha. “Es que andaba en terreno”, dice este ex ministro de la Presidencia durante el Gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, hoy privatizado en la presidencia del directorio de la filial chilena de Hotschild, una minera de capitales peruanos, productora de metales preciosos. “Trabajo menos y gano más, tengo mucha más libertad y mejor calidad de vida”, cuenta relajado en su pulcra oficina del barrio alto, desde donde no parece haber razones para estar preocupado por el futuro. Sin embargo, Villarzú lo está.

Democratacristiano de toda la vida, pasó de la elaboración del programa de Gobierno de Radomiro Tomic a cursar un máster en la Universidad de Chicago en 1970, que resultó su pasaporte al grupo de economistas que durante la UP elaboró “El ladrillo”. Ésa fue la biblia neoliberal con la que el régimen militar aplicaría “el modelo”, pero Villarzú, que también fue funcionario de Pinochet, demuestra en esta entrevista que lo suyo no es comulgar con dogmas de fe.

–¿Cómo se ve el crispado clima político desde este cómodo asiento privado?

–Es la consecuencia de una forma de hacer política que inevitablemente lleva al deterioro. Esto no es un fenómeno de este Gobierno; la Concertación y la elite chilena no han sido capaces de hacer lo que le da sentido a la política: generar acuerdos que le den viabilidad de largo plazo al país. Chile, cuyo desarrollo está muy vinculado a su capacidad de competir en los mercados globales –cuestión que creo era la única opción posible–, debe construir una estrategia país, con un marco de cooperación importante entre el sector público y el privado, que es lo que hacen los países asiáticos que han tenido éxito.

–A partir de la derrota de Hacienda en el Senado se habla de un nuevo escenario político, uno donde la derecha empieza a desmarcarse de los grandes empresarios.

–Hay un problema mucho más de fondo en lo de Hacienda, que es la incapacidad de los economistas de poner por delante el interés del 20% de chilenos que viven en la pobreza. Dadas las excepcionales circunstancias que vivimos con este boom del precio del cobre, no puede ser que la única respuesta sea “dejemos la plata afuera porque tenemos miedo de gastarla mal”.

–¿Acaso predomina una visión excesivamente conservadora?

–Más que conservadora, yo la encuentro irresponsable. Tenemos técnicos que asumen roles que no les corresponden y políticos que tampoco quieren meterse en líos. Lo que está pasando hace mucho rato es que las elites prefieren dejar las cosas como están y no innovar. “Estamos creciendo, estamos bien, cualquier cosa que hagamos es peligrosa, puede que se nos arranque la inflación, quedémonos tranquilitos”, dicen. Pero quedarnos tranquilitos es el Transantiago, y por quedarnos tranquilitos tenemos a toda la gente de las poblaciones levantándose a las cinco de la mañana y sufriendo condiciones de indignidad. Cómo les explicamos a los chilenos que están asistiendo a escuelas que no tienen ni un baño decente, que el tesoro público tiene 10 mil millones de dólares, y que la única alternativa es poner la plata afuera al 5%.

–Ésa es la opción política del ministro de Hacienda.

–No, ésa es una opción política del Gobierno, como lo fue también en el Gobierno de Lagos. Hay una publicación del Fondo Monetario Internacional que compara dos períodos en todos los países miembros: de 1988 a 1997 y de 1998 a 2007. Chile, en el primer período, está entre los países estrella, entre los seis que más crecen en el mundo. Y este último período está en el lugar 60.

–¿Se hicieron las cosas mal en el Gobierno de Lagos?

–Creo que fueron muy conservadores. Es interesante contrastar el discurso de Nicolás Eyzaguirre cuando era ministro con el que tiene ahora.

–¿No comparte el consenso sobre los beneficios del superávit estructural?

–No, pa’ na. Hay que tener disciplina fiscal, pero todas estas reglas en el fondo lo que denotan es miedo. Cuando se trata de flexibilidad laboral, tiene que haberla porque estamos en una economía globalizada y competitiva; pero cuando se trata del superávit estructural, no somos flexibles. Es importante que el Banco Central no ayude a financiar el déficit del sector público, pero la libertad para hacer política monetaria es parte de esta lógica de dejar todo con piloto automático.

–¿Cree que hay un exceso de autonomía del Central?

–En el fondo hay miedo a la democracia, porque en democracia es la gente la que decide cuánto se gasta y cómo se distribuye el presupuesto de la nación.

–¿Los técnicos están detrás de una trinchera de reglas protegiéndose de los políticos?

–Les tienen miedo a los políticos; es lo mismo que ocurre cuando dicen que dejemos la plata afuera porque la van a malgastar. Ahora, creo que efectivamente el Estado hoy está tan debilitado que no está en condiciones de llevar adelante proyectos complejos. Después de tantos años de prédica anti Estado, no hay nadie que se precie que quiera trabajar en el Estado.

–¿Cuál es la responsabilidad de la Concertación, que es la que ha conducido el Estado?

–La Concertación no ha hecho nada serio al respecto. Ahí usted ve la macroeconomía en el Gobierno de Lagos, con un desempleo de alrededor del 10%. No hay ningún país socialdemócrata en el mundo en el que se privilegie mantener la inflación a costa de un alto desempleo. Esto tiene que ver con la comodidad, con la incapacidad de innovar.

–¿Habrá tenido que ver en eso el trauma del orden que se le plantea al primer Gobierno socialista después de Allende?

–Hay algo de eso. En definitiva, estamos cargando costos sobre la gente que nosotros decimos representar. La Presidenta Bachelet plantea con mucha fuerza el tema de la protección social, pero una cosa es lo que piensa y otra lo que la están dejando hacer.

–¿Se está haciendo algo diferente a lo que planteó la Presidenta?

–Ella se comprometió a que iba a haber una red de protección social al fin de este período, yo tengo mis dudas.

–Uno de los argumentos de Carlos Ominami para oponerse a Hacienda es que no ve un alineamiento de la política fiscal con la política social de la que habla Bachelet.

–Pero claro, si cuando se arma discusión por las pensiones, de que se va a empezar a pagar en 10 años más en vez de ahora, y se hace toda una argumentación de que eso es correr riesgos de desfinanciamiento futuro, se está planteando una cuestión sin fundamentos.

–¿Esos miedos son los que explican que se meta la plata del cobre debajo del colchón, por temor a la inflación?

–Nadie dice tomemos ese fondo y lo invertimos en cosas que afecten positivamente la competitividad país, como educación e infraestructura. Definamos condiciones para invertir, traigamos técnicos externos que evalúen, demos garantías a todos, etcétera. Eso es una cuestión que con esta política no se puede hacer, porque implica abrir la discusión.

–Sergio Micco decía que los técnicos liberales imponían una censura a otras propuestas, como la de Ricardo Ffrench-Davies de aumentar el gasto público, que fue calificada de populista y estatista.

–Es que aquí hay unos pocos que poseen la verdad. Lo mínimo que deberían decir es conversemos una opción. Por ejemplo, terminemos con la indemnización por años de servicio, pero garanticemos a los trabajadores un subsidio de desempleo adecuado, de modo que la gente tenga garantizado un ingreso mientras está sin trabajo, y financiemos eso con una cotización única y el resto lo pone el Estado. Eso significa disminución de costo para las empresas. O, en educación, acabemos con el Estatuto Docente, flexibilicemos, hagamos competir a los profesores pero dándoles sueldos de mercado; en fin...

Ni Velasco ni Marcel

–Usted participa en la Comisión Económico Social de la DC, que parece ser tiene un sustrato importante de propuestas alternativas. Pero la política de la presidenta del partido ha sido apoyar al ministro de Hacienda.

–El problema no es el ministro de Hacienda. El problema es que no hay una mirada distinta sobre cómo abordar el desarrollo de Chile, que es decirle al país, como Concertación, “esto es lo que queremos”. Que se atrevan a dejar de lado la comodidad y el miedo a tomar decisiones; se puede hacer en forma responsable sin generar desequilibrios, pero eso requiere creatividad y convicción.

–Sin embargo, la urgencia del minuto es crecer más, y a eso apunta el proyecto de depreciación acelerada.

–Es que el problema es la visión de conjunto. Cuando uno mira la diferencia entre Estados Unidos y Finlandia, resulta que las dos son economías de mercado y las dos tienen una política fiscal y monetaria que sigue los patrones tradicionales, pero en uno hay un Estado más activo que en el otro. Pero ese Estado activo es uno que hace las cosas bien, y por eso Finlandia es un país más eficiente y competitivo que Estados Unidos. El desarrollo consiste en ampliar los espacios de libertad de todos, y el Estado debe garantizar esos espacios a los más pobres, pero estamos lejos de tener un Estado capaz de asumir esa tarea. Puede que la depreciación acelerada sea una medida relevante, pero sólo en el marco de una visión de conjunto.

–En los medios, que forman invisiblemente la opinión pública, hay un discurso de consenso de que las cosas deben ir por el cauce que van, y se levantan tesis como la de que el ministro de Hacienda no se puede tocar porque de eso depende la estabilidad del modelo.

–No quiero caer en la trampita que el problema es Andrés Velasco, porque si ponen a Mario Marcel va a ser lo mismo.

–El punto es que la institución ministro de Hacienda simboliza el consenso de los más beneficiados por el modelo.

–Cuando Camilo Escalona dice que Ominami es el Altamirano de Bachelet, está diciendo “cuidado, aquí no hay que tomar riesgos, hay que mantener este acuerdo implícito en que estamos todos de acuerdo”. Todavía estamos viviendo de los éxitos de los dos primeros gobiernos de la Concertación, y los políticos no se han dado cuenta que ya no somos la estrella. De repente se van a encontrar con la realidad en medio de una explosión social.

–¿Ve en el horizonte una explosión social?

–Mire, Transantiago estuvo a punto del estallido. Ése es un ejemplo de la cosa típica de la tecnocracia, en que no hay la menor preocupación de verdad por lo que le va a pasar a las personas. Uno preguntaba y le decían “no, mañana está resuelto”. Hay una insensibilidad enorme, se habla de que hacemos las cosas para la gente, pero estamos haciendo lo que más nos acomoda.

–¿Es posible con ese horizonte que la Concertación salga del Gobierno?

–Es probable.

–¿Bachelet, según usted, no ha marcado un cambio de rumbo?

–A pesar de que hizo un cambio, lo hizo en cosas marginales y no en los centros de poder. Me imagino lo que le pasa a un Presidente que tiene una cantidad enorme de asesores inteligentes, con PhD, que para todo le dicen “esto no se puede”. Nosotros tenemos un serio problema político: la Concertación no tiene nada que ofrecerle al país, excepto pedirle a la gente que confíe en nosotros porque el gran empresariado está al otro lado.

La DC no existe

–¿Por qué llegamos a este estado de las cosas?

–Porque la Concertación nunca ha tenido una estrategia de poder. Mire lo que ha pasado con los grandes grupos de la prensa: ahí están vivitos y coleando, con más poder que antes. ¿Qué ha pasado con los sindicatos, dónde está la estrategia en el mundo del trabajo, qué hemos hecho con la sociedad civil?

–¿La Concertación sólo ha tenido una estrategia electoral?

–Y se asoció con los intereses económicos.

–Su partido, la DC, también ha sido parte de este proceso de deterioro de la política progresista.

–La DC no existe. Son grupos: Zaldívar y sus boys, y el Gute y la Soledad y sus boys, y están discutiendo quién tiene más poder. Pero, ¿más poder para qué?

–¿Y quién podría liderar un proceso con el nivel de audacia que usted plantea?

–No es un problema de liderazgo; mire el liderazgo de Lagos, un gallo al que todo el mundo reconoce, pero que estaba asustado. Conversé con él y le propuse que nos endeudáramos para financiar proyectos de alto impacto en competitividad, porque la economía estaba creciendo poco. Él estaba muy entusiasmado, pero a Eyzaguirre no le pareció porque no era ortodoxo. El riesgo país sirve para que nos presten plata más barato, ¡pero es para que nos presten plata, o si no de qué sirven los buenos indicadores! Pero parece que los indicadores sirven para que los economistas se hagan famosos y tengan pega en Wall Street. Esto se lo cuento para que quede claro que no me gusta ser general después de la batalla. LND




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