14/6/07

ANATOMÍA DEL FUTBOLISTA CHILENO


NINGÚN JUGADOR DE FÚTBOL ESTÁ PARA QUE LO CANONICEN. NINGUNA SELECCIÓN CHILENA HA SIDO CÉLIBE. PERO DESPUÉS DEL ESCANDALOSO DESEMPEÑO EN VENEZUELA, ES LÓGICO PREGUNTARSE POR QUÉ BUENA PARTE DE LA ELITE NACIONAL 2007 PARECIERA HABER PERDIDO LAS GANAS DE JUGAR. ¿QUÉ LE OCURRIÓ A NUESTROS FUTBOLISTAS?.


Por ALFREDO SEPÚLVEDA C.

Había una vez un futbolista al que, la verdad, no le importaba mucho el fútbol. No entrenaba nunca, no ahorraba y odiaba a los periodistas. Dedicó su juventud a tres cosas: fornicar, beber y jugar. En las tres fue un astro. La última, eso sí, fue la que lo convirtió en una estrella internacional. Se llamaba Mané Garrincha; fue campeón con Brasil en el Mundial de Chile de 1962. Terminó sus días como indigente alcohólico en un hospital de Río de Janeiro.Si hubiera tenido menos talento en sus pies, no conoceríamos su historia. Habría sido un pobre más, uno que, como muchos, no soportó y se mató de la forma habitual: tomando. Pero sabemos de Garrincha porque tenía el don. La mayoría, la gran mayoría de nosotros, no lo tenemos.

Aquellos a quienes nos gusta como diablo el fútbol, pero no fuimos bendecidos con el talento para jugarlo, tenemos una salvación: verlo. Quien mira fútbol, quien mira fútbol de verdad, con interés, con pasión, desarrolla una intensa actividad mental. Ante nuestros ojos se despliega un apasionante y veloz ajedrez, un concierto fugaz de figuras humanas que se esfuerzan al máximo por llenar el espacio verde de la inmensa cancha.

Aquellos que explotaron, templaron y domaron su don, ya sea en el Real Madrid o en San Luis de Quillota, no sólo mueven los pies por inspiración, sino que son dueños de una inteligencia física que no tiene nada que envidiarle a la matemática, a la científica, a la literaria, a la emocional. Son los jugadores de fútbol, y son capaces de algo que pocos pueden: ver ese código escondido que hace moverse a los compañeros y a los rivales en el tiempo y en el espacio, adivinar no sólo el pasado de la jugada, o el presente en el que están pateando el balón, sino el futuro. Lo llaman leer la cancha.

Dios me hace jugar bien, dijo Maradona alguna vez. Por eso siempre me persigno cuando salgo a la cancha. Me sentiría traicionándolo si no lo hiciera.

LA TRAICIÓN DEL JUGADOR

Y entonces, la serpiente, que tras el árbol espera para ofrecer la manzana.

No: la manzana no viene en la forma de una muchacha con silicona pectoral, visos rubios falsos y grasa removida de su cintura. No viene tampoco como botellas de ron venezolano. Ni tiene que ver con la riqueza ni los autos último modelo ni irse a Europa ni los programas faranduleros. La serpiente no está afuera, está adentro, y dice: Esto no vale la pena".

La serpiente se enrolla en el árbol y dice: Éste no es el mejor juego del mundo.

Sesea y susurra: Ésta no es una gran aventura.

Saca la lengua y añade: Driblear, pasarse a cinco y anotar; detener dos penales consecutivos; quitar una pelota de taquito, hacer una chilena no es gran cosa.

Se acerca también a la oreja del entrenador: Ganar da lo mismo, saca la calculadora: empatar o perder por poco te puede convenir también.

De pronto, el jugador le encuentra razón a la serpiente.

  • ¿Qué hace ahí, en ese lugar en el que ganar da lo mismo?
  • ¿Por qué no vive grandes aventuras?
  • ¿Por qué no se convierte en el alma de la fiesta, en el florero de la mesa, en el curado chistoso y seco para las minas, en el pendenciero que es capaz de derrotar a quien se le ponga por delante, en el mejor de los peores, sin tener que demostrar nada en una cancha?
  • ¿Por qué no puede ser normal?

    El escritor norteamericano Charles Bukowski alguna vez dijo que cuando estaba borracho –y estuvo muchas veces– se sentía un héroe que atraviesa el tiempo y el espacio. Me da la impresión de que con el carrete ocurre algo parecido.

Pero, un momento. Si eres un futbolista profesional, que juega una Copa América, ya eres un héroe que atraviesa el tiempo y el espacio. Sin la farra en la ecuación, ya hay adrenalina en la cancha.

Y es más: te pagan –y bien– por estar ahí. Es el síndrome del actor Hugh Grant, que aún emparejado con una de las mujeres más lindas del mundo, prefirió los servicios profesionales de una no muy agraciada prostituta.

Así, personas que tienen la posibilidad de jugar una Copa América, uno de los grandes eventos del oficio que han elegido y se supone quieren, pueden llegar a considerar que es más interesante pasar una noche encerradas en una habitación tomando que salir a una cancha a jugarse la vida.

Mientras más joven, menos piensa el jugador en estas cosas. Sorprendido con su talento, y encantado con él, el jugador adolescente suele ser un ejemplo, en comparación a sus colegas más veteranos, de entrega y alegría al jugar.

No quiere decir esto que el gusto por el fútbol implique que el equipo gane, pero sí garantiza que juega. Y es en ese temblor bendito que los niños sub 20, sub 16, sub 14, respiran. Saben que los minutos que están en la cancha son los mejores momentos de sus vidas. Sospechan que costará mucho que vuelvan a repetirse.

Pero la gente crece, y los juegos de ayer suelen transformarse en el trabajo de hoy o, lo que es peor, la pega.

El problema con los futbolistas de hoy, dijo alguna vez el Kaiser Franz Beckenbauer, es que tienen demasiadas distracciones. Los jugadores de antes iban a los entrenamientos con revistas de fútbol en sus manos. Ahora, las más de las veces, se dedican a mirar el precio de sus acciones. Y en otra oportunidad añadió, refiriéndose a los jugadores de un específico equipo alemán: Son todos como prostitutas: fuman, son flojos y duermen todo el día.

Es cierto. Las cosas son más complejas que como las presento aquí. No sé cómo es la psiquis de cada uno de los protagonistas del bochorno que fue la Copa América en Venezuela. No sé qué antiguas cuentas están cobrando, qué rencores guardan, qué traiciones han sufrido en sus vidas, qué quieren, creen, necesitan. Ignoro si tienen miedo de fracasar, de lesionarse, de terminar en la tercera división, o si en caso de llegar a Europa la nostalgia por las sopaipillas que les hace mamá les impida jugar.

Pero sé qué es el fútbol, y sé notar si a alguien le gusta o no. ¿Por qué, si tienen uno de los mejores trabajos del mundo, parece que estos jugadores tuvieran uno de los peores? Sólo se me ocurre ensayar esta respuesta: si es que un jugador prefiere farrear, quiere decir que ese futbolista ha perdido las ganas de jugar. Ya no le gusta el fútbol. Como Hugh Grant: entre Elizabeth Hurley –probablemente mandona, difícil, compleja y bellísima– y los servicios fáciles, rápidos y descomplicados de la pobre y fea prostituta Divine Brown, elige a la última.

Hay que decir que los futbolistas que en Venezuela al menos se arrojaron mermelada y jamón en el rostro y untaron mantequilla en el tapiz de la silla de un restaurante de hotel no son villanos. No han llegado al extremo de hacerse cortes en las cejas para hacer creer que el público malévolo les ha lanzado fuegos artificiales, y así clasificar en forma ilegítima a la siguiente fase. Pero aún en el tristemente célebre Maracanazo, había una suerte de brutal pasión que venía de la demencia de los jugadores chilenos.

Más allá del dinero involucrado, de los contratos, de la política, hicieron la barbaridad que hicieron porque no querían quedar fuera de la cancha. Fueron unos sacos de brevas, pero aún con todo lo rasca del episodio, nuestros sacos de brevas.

Una buena parte de la elite de los jugadores profesionales 2007, la parte que pone el jamón en la cara de algún estólido compañero en vez de hacerlo sobre el pan, no tiene esta hambre por seguir dentro del juego. Sólo esa indolencia explica el seis-uno en contra y el paupérrimo desempeño general en todos los partidos de Venezuela 2007.

Sucede que esa parte de la elite, joven y millonaria, considera que pasar quince días en una concentración es una carga insoportable, una que debe ser exorcisada en discotecas, comportándose como si no fuera depositaria del talento que recibió. ¿Por qué esa suerte de código infantil que convierte en un derecho humano el esparcimiento, la recreación? ¿Qué tiene de malo encerrarse quince días, veinte días, un mes, dos, si el objetivo es ser campeón de algo? Cualquier empresa humana con objetivos altos implica sacrificios altos, muchas veces desgastadores. No hay ninguna novedad en esto.

QUE LES VUELVA A GUSTAR EL FÚTBOL

Ningún jugador de fútbol está para que lo canonicen. Los únicos santos del fútbol que conozco son los del homónimo equipo brasileño en el que jugaba Pelé, y tal vez no sea casualidad que El Rey jugara ahí. Ninguna selección chilena ha sido célibe: las historias de farras y mujeres han ocurrido más veces que menos. La prensa tampoco es un dechado de buenos modales en la mesa, para qué estamos con cosas. Y los dirigentes de las últimas décadas pueden saber usar las servilletas, pero se les ha fiscalizado poco.

La viga en los ojos de quienes piden sanciones y castigos para los implicados en los incidentes de jamón, mantequilla y alcohol ocurridos en Venezuela es grande.

Pero hay un pequeño gran detalle. Nadie de los que está afuera de la cancha de fútbol tiene el don. Ninguno de los críticos que cada cierto tiempo se escandalizan con estas ocurrencias tiene la capacidad de ver el futuro y anticiparse físicamente a una jugada. Apenas poseemos la capacidad de apreciar la sacrosanta belleza de un buen partido, pero no podemos entender cómo ocurre.

Nadie pide que los jugadores de fútbol sean unos monumentos a la moralidad y a las buenas costumbres.

Lo único que uno modestamente pide, y no tiene idea cómo lograrlo, es que estos amermelados que se lanzan mermelada se reencanten con el juego, que les vuelva a gustar. O que a los niños que juegan en Canadá en estos días no se les olvide que estar en la cancha les gusta, les gusta mucho, los mata, los deja locos.

Creo que no tenemos derecho a pedir que los futbolistas chilenos ganen siempre –aunque no estaría mal ganar siempre–. Pero sí tenemos derecho a exigir que el asunto les guste tanto como a nosotros. Nosotros, los malos para la pelota, mataríamos por ser buenos.

Hubiéramos matado cuando chicos y, de no existir leyes que respetar, probablemente mataríamos ahora, de adultos. Hay muchos en la fila para ser un jugador de fútbol, pero lamentablemente pocos, muy pocos, que pueden llenar el puesto.

Nosotros somos los normales; ellos, les guste o no, los excepcionales.

ALFREDO SEPÚLVEDA ES ACADÉMICO DE LA UNIVERSIDAD ALBERTO HURTADO,

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