8/7/07

Raúl Silva Henríquez

Cercanos colaboradores revelan nuevos antecedentes de los complejos episodios políticos que les tocó afrontar junto a Raúl Silva Henríquez durante los gobiernos de Frei, Allende y Pinochet.
Sus intenciones de apoyar abiertamente a Frei Montalva en la campaña presidencial de 1964; el crucial diálogo del 17 de agosto del 73 con Aylwin y Allende, que pudo haber evitado el golpe; las íntimas razones que tuvo para crear el Comité Pro Paz, y su prudencia para abordar situaciones como el hallazgo de restos en Lonquén o su apoyo a la Ley de Amnistía de 1978, asuntos que le originaron duros cuestionamientos hasta de sus pares.
NELLY YÁÑEZ Y RODRIGO CEA
SECRETARIO PRIVADO,
LUIS ANTONIO DÍAZ:
Diálogo Allende-Aylwin: "No vamos a llegar a nada"El enérgico carácter de Raúl Silva Henríquez lo palpó en terreno. Una mañana de fines de 1968, un Fiat se estacionó frente a la casa que habitaba en Huechuraba, cerca de una toma de terreno en la que oficiaba de "interlocutor" entre los pobladores y el gobierno.
"¿¡Qué raro... quién será!?", preguntó, mientras salía a la calle.
Perplejo quedó cuando vio descender del vehículo nada menos que al cardenal y, más aún, cuando éste le pidió sin mayores preámbulos ser su secretario privado."¡Pero si nunca he sido secretario!", dijo."¡Bueno, aprenda entonces!", le respondió.Y lo hizo. Lo acompañó en forma temporal y a tiempo completo por una década, del 68 al 78, la más dura para los gobiernos de Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende y Augusto Pinochet.
De todas sus vivencias, un lugar destacado tiene en sus registros políticos el diálogo del 17 de agosto de 1973, por tratarse de un episodio que pudo haber cambiado el rumbo de la historia y del que fue testigo presencial.
Recuerda que el cardenal estaba muy preocupado con lo que estaba pasando y que eso lo había estampado en el escrito del 16 de julio donde llamó a "desarmar las manos y los espíritus"."Por eso -dice-, cuando el Presidente le pidió prestada su mesa para un diálogo, accedió de inmediato. 'Esta es su casa', fue su respuesta".
Cuenta que esa noche un grupo del GAP intentó registrar la residencia de Simón Bolívar, pero que él se opuso con energía, diciendo: "¡La casa del cardenal no se revisa!".
"Vine solo, porque ¿en qué lugar del mundo va a estar más seguro el Presidente que en la casa del cardenal?", le dijo a Díaz.
El general César Ruiz Danyau había renunciado al Ministerio de Transportes y se resistía a abandonar la comandancia en jefe de la FACh.Pero el Jefe del Estado se veía calmo a pesar de esta situación.
Según Díaz, "se tocó el bolsillo y sacó un papel, diciendo: 'Aquí tengo la renuncia del general a los dos cargos'... Aylwin, que estaba muy serio, lo miró y le hizo la siguiente advertencia: 'No le vaya a estallar en las manos' ".
De plato de fondo hubo pescado. Y el vino lo eligió el Presidente."Señor secretario -dijo, mirando al cardenal-, tráigame un Casillero del Diablo no más... porque yo soy Diablo hasta para tomar vino tinto con pescado".
Los fuegos en la mesa los abrió Aylwin.
Según Díaz, le dijo: "Señor Presidente, he venido a esta cita con la opinión en contra de todo mi partido, pero he venido en mi calidad de cristiano y ante la invitación de mi obispo. Sepa, además, que no tengo ninguna esperanza de que lo que aquí se hable se cumpla".
Allende, quien lo escuchaba con atención, comprometió al cardenal con la siguiente réplica: "Yo recuerdo de niño, cuando mi madre nos leía las Escrituras, que aparece por ahí una oveja perdida
y que Jesucristo fue a buscar a esa oveja. Yo soy esa oveja y por lo tanto el señor cardenal también tiene que preocuparse de mí".
De ahí vino una tensa conversación sobre la situación política, los despidos en El Teniente y los conflictos vividos por la Papelera, que terminó en una conversación con más detalle en el escritorio.La despedida fue amable.
Pero Díaz sostiene que el cardenal quedó con una mala sensación y que le dijo: "No vamos a llegar a nada".
Al día siguiente, Allende le mandó una tarjeta agradeciendo que haya dado un paso tan noble.
Nada, sin embargo, pudo detener lo que vendría.
El viernes 7 de septiembre, el cardenal se fue a Punta de Tralca. Pero el domingo en la tarde optó por regresar."Volvamos hoy mejor -le dijo a Díaz- porque las cosas están tan tensas".
Él presentía algo...
El lunes fue un día normal. "Pero el martes -cuenta el sacerdote-, cuando estábamos rezando en la capilla, llegó corriendo y gritando la madre Socorro: "¡¡Se armó, se armó!! Monseñor (José Manuel) Santos está llamando al cardenal desde el centro, desde el Episcopado".
El cardenal recibió el mensaje, oró por unos minutos y recibió el reporte del obispo.
Luego pidió que le trajeran a su escritorio una radio y un televisor. "Estaba -dice Díaz- con los ojos rojos.
Los llamados no paraban y empezamos a recibir los primeros informes de las parroquias con muertos y detenidos.
Me pidió que por seguridad llevara en su auto a su chofer, que vivía cerca de San Miguel".Éste se llamaba Augusto, y Díaz recuerda que al cardenal le encantaba bromear con eso.
Un día, después de visitar al Nuncio Sótero Sanz, estaban los periodistas esperándolo afuera. No formuló declaraciones, pero se encargó de decir varias veces en voz alta y en referencia indirecta al general Pinochet: "Don Augusto, váyase luego. Don Augusto, está muy lento esto".
El mismo 11 de septiembre el cardenal escribió una oración a Jesucristo.
Y luego le dijo a Díaz: "'Esto no lo podemos aceptar. Contáctame con alguien del gobierno".Pero reconoce que no tenían con quién. Es más, no habían podido ubicar al obispo castrense Francisco Javier Gillmore y el cardenal estaba indignado porque no le había informado nada.
"Así es que llamé a mi padre -dice Díaz-, que era general de Sanidad y director del Hospital Militar.
Nos aconsejó hablar con el general Óscar Bonilla, quien nos atendió muy bien, y además nos prestó un vehículo para que los integrantes de la Conferencia Episcopal pudieran tener su primera reunión, en la que sacaron una declaración que indignó a la Junta y que marcaría la relación de ahí en adelante".MONSEÑOR ALFONSO BAEZA: La prudencia ante Lonquén y el apoyo a la amnistíaTestigo presencial de cómo el cardenal Raúl Silva Henríquez manejó el delicado descubrimiento de los restos de 15 personas calcinadas en los hornos de Lonquén, en 1978, fue monseñor Alfonso Baeza, uno de sus amigos más cercanos.
Los lazos entre ambos se estrecharon de a poco. Tanto así, que Baeza era uno de los que se oponían a que fuera nominado como arzobispo de Santiago. Su candidato era Emilio Tagle, por haber acercado la Iglesia a los pobres.
"La verdad es que a Silva Henríquez no lo queríamos mucho... Lo veíamos como un gerente, y nosotros queríamos a un pastor, a un hombre con fuerte conciencia social. Entonces, cuando lo nombraron nos decepcionamos", dice moviendo la cabeza en son de autorreproche.Pero el cardenal se fue ganando el respeto de sus pares, incluso para imponer decisiones que iban en una dirección opuesta al sentir de la mayoría. Un ejemplo fue justamente lo sucedido con Lonquén."Poco antes del Simposio Internacional de los Derechos Humanos había llegado a la Vicaría de la Solidaridad la denuncia de la aparición de unos restos en unos hornos abandonados de una mina, e incluso habíamos recibido en reserva unas cajas con huesos humanos. Y aunque muchos queríamos darlo a conocer, el cardenal optó por la prudencia y no quiso informarlo sin los chequeos pertinentes".
"El comentario que hacíamos entre los vicarios era: 'Te imaginas si lo contáramos ahora. ¡Sería un escándalo terrible!'. Y lo habría sido, porque había representantes de las Naciones Unidas y obispos, dirigentes sociales y políticos de distintos países.
No obstante, apenas terminó el simposio, nos autorizó a ir al lugar y verificar. Y conformó una comisión de personas 'indiscutibles' para que se hicieran cargo del caso; entre ellas, Máximo Pacheco, Monseñor Enrique Alvear y Emilio Filippi.
Ahí recién estalló todo".Ambos pelearon muchas veces. Una vez le ordenó clausurar un diálogo nacional, con más de dos mil grupos de análisis, para un 1 de Mayo. Recuerda que lo llamó el director de Dinacos, Hugo Morales, y le dijo que no debía hacer esos encuentros. "De inmediato se lo dije al cardenal. Pero la sorpresa fue terrible cuando me respondió: 'Suspéndelo, entonces. No nos vamos a enfrentar al gobierno por eso. Hay cosas más importantes'".
Baeza sostiene que Silva Henríquez tuvo muchos aciertos, pero también cometió errores."Tal como dice el Evangelio: el que pone la mano en el arado y mira para atrás, no sirve. Y él era de los que no miraban para atrás. Si se equivocaba... se equivocaba, porque decía que el único que no comete errores es el que no camina".
Entre las faltas, menciona el respaldo que le dio al decreto de Amnistía de 1978."Todos los vicarios -afirma- nos reunimos y le mandamos a decir que había que manifestar un rechazo.
Él no estuvo presente porque estaba enfermo, así es que comisionamos a Cristián Precht para que hablara con él. Y la respuesta que recibió fue: '¡Ustedes son unos locos! Al enemigo que huye hay que ponerle puente de plata. Eso hay que respaldarlo' ".
El cardenal veía el decreto como un gesto de reconciliación que iba a beneficiar a uno y otro lado. "Y nosotros, que no compartíamos esa tesis, tuvimos que obedecer nomás...
Por eso digo que eran puros cuentos los rumores que decían que los vicarios hacíamos lo que queríamos. Nadie puede negar que teníamos ideas distintas. Pero cuando el cardenal hablaba, nosotros acatábamos".Tampoco avala los cargos de "cura rojo" a Silva Henríquez, porque -afirma- que "de rojo el cardenal no tenía nada".Una de las cosas que le llamaba la atención de los diálogos que tenía con Pinochet es que eran una especie de gallitos verbales. Una vez, Pinochet le dijo: "Cardenal, la autoridad viene de Dios...
Efectivamente, le respondió Silva Henríquez, la autoridad viene de Dios, pero no el autoritarismo".
Hoy, Monseñor Baeza, el mismo que en un principio no creyó en el cardenal, es uno de sus principales admiradores. "El cardenal fue un tremendo líder espiritual. Y su gran sello fue haber unido la misión de la Iglesia con el proyecto país".GUSTAVO FERRARI: En contra de Allende y a favor de Frei Montalva
No fue un buen día cuando Silva Henríquez y Gustavo Ferrari se conocieron. Es más, muy posiblemente, aquella mañana de septiembre de 1936 en Turín fue una de las más tristes y duras para el futuro cardenal, pues su futuro como sacerdote nunca estuvo más en duda.
Una molestia en una de sus rodillas, que le provocaba constantes dolores, llevó a sus superiores a pensar que no era apto para llevar una vida religiosa y a decirle que discutirían su caso.
Recién había escuchado eso cuando salía de la sala y un sacerdote desconocido -el salesiano Gustavo Ferrari- se le acercó para decirle que lo habían enviado a hablar con él, pues había sido destinado a Chile y quería saber más del país.
"Fue un momento bien terrible. El futuro cardenal tenía 29 años entonces y una vocación sacerdotal inmensa, que en ese momento corría peligro. Estaba muy triste, pero listo para aceptar la voluntad de Dios", recuerda Ferrari.
Mucho tiempo más tarde, después que sus superiores visaran la carrera eclesial de Silva Henríquez, ambos se reencontraron en Chile.Trabaron una amistad más allá de los cargos y estructuras de la Iglesia. Juntos fundaron colegios e instituciones de beneficencia, y pasaron muchas vacaciones en Punta de Tralca.
Cuando Silva Henríquez fue nombrado arzobispo de Santiago, de inmediato supo que necesitaría más ayuda; por eso le dijo a Ferrari que se fuera a vivir con él. El sacerdote italiano no lo pensó dos veces y partió a la primera casa que compartió con el cardenal, en la esquina de Lota con Luis Thayer Ojeda.
En ese lugar, recuerda Ferrari, debió lidiar con uno de los momentos más cruciales en la historia del país, pues estuvo a punto de intervenir directamente en política.Corría 1964 y Chile enfrentaba una elección presidencial a tres bandas con Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende y Julio Durán.
El problema para el cardenal eran los apadrinamientos de bautizos por parte de Durán y Allende."El cardenal decía que eso era un engaño, que Allende era marxista, Durán masón y que estaban burlándose de la gente", recuerda Ferrari.
El problema era que, en plena campaña presidencial, Silva Henríquez estaba decido a intervenir a favor de Frei.-Usted no puede hablar, no puede mostrar una opción política -argumentó Ferrari.-Aunque me critiquen, voy a hablar -respondió el cardenal.Tanto fue lo que insistió Ferrari, que al final Silva Henríquez dio su brazo a torcer y propuso preguntarle a Patricio Aylwin, entonces líder del comando de Eduardo Frei, si intervenir o no. El mismo sacerdote italiano fue donde Aylwin, quien le mandó a decir al cardenal que ni se le ocurriera abrir la boca, "que los curas rezan y los políticos actúan en política"."Estoy seguro de que estuvo apunto de hablar y no sé qué hubiese pasado si lo hubiera hecho. Por suerte, pude convencerlo de que se mordiera la lengua", recuerda Ferrari.
TOMÁS GONZÁLEZ: "Dios le pidió salvar personas"En 1943, Tomás González iba en tercer año de preparatoria cuando un día lo llevaron -junto a todo su curso- a la inauguración de un liceo en Gran Avenida, el Manuel Arriarán Barros. Fue la primera vez que González vio a Raúl Silva Henríquez. Con sólo ocho años, nunca imaginó que ese sacerdote que presidía la ceremonia y que era el director del liceo, se convertiría, con el tiempo, en uno de sus mejores amigos.
Pero el destino tardó en reunirlos. Tuvieron que pasar casi 20 años para encontrarse, cuando Tomás González se preparaba para ser sacerdote y Silva Henríquez era su superior en la Gratitud Nacional. Desde entonces forjaron un apego incondicional, compartiendo momentos duros y, por supuesto, de los otros.
Como cuando ambos, a fines de los '70, fueron a Nueva York por un homenaje que la comunidad judía de esa ciudad le brindó al entonces arzobispo de Santiago."Nos sobraba tiempo esa mañana, así que nos fuimos a pasear por la 5ta Avenida. Caminamos mucho, hasta que don Raúl me dijo 'estoy cansado y tengo sed. Quiero un whisky'. Era casi mediodía y no había dónde ir. Hasta que encontramos un letrero que decía 'whiskey'. Entramos y resultó que era un local lleno de Conejitas Playboy, con orejas y todo. Nosotros andábamos vestidos de negro, hasta con cuello romano. Se nos acercó el dueño, que hablaba español, y nos dijo que nunca había ido un sacerdote al local y que él invitaba los whiskys", hace memoria y ríe sin parar González.
En el otro extremo de los recuerdos, en lado más triste, el ex obispo de Punta Arenas está seguro de que uno de los momentos más trascendentales en la gestión del cardenal Silva Henríquez y la historia de Chile comenzó a gestarse el 13 de septiembre de 1973.Ese día, González estaba en su casa de la calle República cuando recibió el llamado del cardenal. El toque de queda había terminado y le decía que debía ir ya a su casa de Simón Bolívar. "No me dijo nada más, porque su teléfono estaba intervenido", acota González.Tan pronto llegó, el cardenal lo condujo a la capilla y le dijo "vamos a preguntarle al Señor qué quiere de nosotros.
Qué quiere del arzobispo de Santiago"."Estuvimos una hora ahí. Don Raúl rezaba y decía 'mí Señor, qué quieres que haga'. Leía la Biblia. Se paraba. Decía 'qué quieres que haga, ayúdame a encontrar el camino' ".Hasta que salimos de la capilla y me contó que ya sabía qué era lo que Dios esperaba de él.
"¿Sabes lo que me pide el Señor? Salvar personas", dijo.
Era justo la hora de almorzar, pero antes el cardenal le pidió a González que telefoneara al rabino Ángel Kreiman, al obispo luterano Helmut Frenz y al pastor metodista Julio Assad, y que los citara a las 4 de la tarde de ese mismo día.A las 5 P.M. del 13 de septiembre de 1973, a la salida de esa reunión, ya estaba zanjada la creación del Comité Pro Paz. "Desde ese día, don Raúl hizo lo inhumano para intentar salvar personas. Después de todo, eso fue lo que le había pedido Dios", recuerda Tomás González.LUIS EUGENIO SILVA: El Te Deum en peligro
Era 1974 cuando Luis Eugenio Silva llegó a Chile desde Europa después de finalizar sus estudios en historia eclesial. Entonces, él no sabía que lo que aprendió en esos libros sería clave, en parte, para trabar amistad con Raúl Silva Henríquez.
Ambos se conocieron por intermedio del sacerdote Luis Antonio Díaz y, desde un comienzo, pese a la diferencia generacional, hubo gran afinidad entre ambos.El actual párroco de la parroquia Santa Elena recuerda que con el cardenal podían pasar horas hablando del campo, historia de Chile y de la Iglesia. Por eso mismo, cuando Díaz dejó de ser el secretario personal del cardenal, nadie dudó de que Silva sería su sucesor.
"Apelando a mis conocimientos históricos, como secretario de don Raúl, mi tarea era asesorarlo en los problemas de contingencia. No escribir cartas; para eso yo tenía una secretaria", explica Luis Eugenio Silva.Y de todas aquellas ocasiones en que el cardenal le pidió un consejo, hoy Silva no duda en señalar que uno de los momentos más complejos en la gestión del cardenal se suscitó en septiembre de 1974, cuando la mayoría de los vicarios se oponían a realizar el Te Deum.
Más grave que un conflicto puntual con la administración de Augusto Pinochet o con el mismo militar, esta vez el problema era mayor, pues era dentro de la misma Iglesia.Consciente del impacto que significaría no efectuar la ceremonia, Silva Henríquez pidió ayuda a sus más cercanos; entre ellos, a Luis Eugenio Silva, quien le dijo:
-El Te Deum no se ha suspendido nunca. Ni siquiera en los momentos más difíciles, como durante la Revolución del 91. Usted va a pasar. Pinochet va a pasar. El Te Deum es de Chile.
"No fue fácil la decisión, pero finalmente el acto se realizó. Fue uno de los Te Deum más duros con Pinochet", recuerda Silva, quien luego -en una conversación privada que mantuvo con el militar- le preguntó qué recuerdo tenía del cardenal y, en especial, de aquella homilía. Pinochet le respondió:
-Nunca me gustó 'El huaso' -Silva Henríquez-, pero le tenía respeto. Yo sabía que cuando iba al Te Deum él me iba a poner el rebencazo (un latigazo de jinete) a la primera. En cambio, otros curas me levantaban la manito como para bendecirme y luego me pegaban el charchazo.
LEJOS DE LA POLÍTICA: El sello social que impregnó sus obrasSu primera intención fue ser jesuita. Pero una puerta cerrada -a la que llamó insistentemente sin ser escuchado- fue para el cardenal Raúl Silva Henríquez una señal."No está de Dios que me oigan", dijo. Y optó por los salesianos.
Procedente de una familia de agricultores de Talca, el cardenal desde siempre se inclinó por lo social.
Su sello lo estampó en el texto "Mi sueño de Chile", donde planteó la necesidad de un país donde todos vivan con dignidad.
"La lucha contra la miseria -sostuvo en ese escrito- es una tarea de la cual nadie puede sentirse excluido. Quiero que en Chile no haya más miseria para los pobres. Que cada niño tenga una escuela donde estudiar. Que los enfermos puedan acceder fácilmente a la salud. Que cada jefe de hogar tenga un trabajo estable y que le permita alimentar a su familia".
Más tarde y en una oración a Jesucristo, escrita en los 70, convocó a mirarlo y a imitar su ejemplo, independientemente de las incomprensiones y dificultades.
"Triunfas -señaló en la invocación- azotado, coronado de espinas, escupido, despedazado, muerto. Tu rostro, ya muerto, refleja la serenidad del que ha cumplido".El cardenal nació el 27 de septiembre de 1907, estudió Derecho en la UC y se ordenó sacerdote el 38. Su carrera fue meteórica. Fue director espiritual del Seminario Mayor salesiano, director del Colegio Patrocinio San José, rector del Colegio La Gratitud Nacional, vicepresidente de Caritas-Chile y presidente de Caritas internacional.
En ese cargo estaba cuando el Papa Juan XXIII lo nominó en 1959 como obispo de Valparaíso, el 61 como arzobispo de Santiago y el 62, como cardenal.Desde el arzobispado reestructuró la arquidiócesis en decanatos, zonas pastorales y vicarías.Participó en las cuatro sesiones del Concilio Vaticano II, en el Sínodo de Obispos de 1967 y en la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla, 1979. Experto en crear "instituciones" fue fundador, entre otras, de Caritas-Chile, de Invica (para la construcción de viviendas para personas de escasos recursos), de las cooperativas (con la distribución de tierras de la iglesia entre los trabajadores), de la Academia de Humanismo Cristiano y de las vicarías de la Educación, Pastoral Obrera y Solidaridad (antes había creado el Comité Pro-Paz).
El Papa Juan Pablo II le aceptó su renuncia al Arzobispado por razones de edad, el 29 de septiembre de 1982 (cargo que quedó el 83 en manos de Francisco Fresno). Falleció el 9 de abril de 1999 y fue despedido por una multitud de fieles.

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