14/1/07

Sacado de Hemingway

Pérez Yoma parece un burgués común y corriente. Edad dorada, familia amplia, creencias firmes. Si fuera así, la cosa no tendría ninguna gracia. Pero la tiene. Y es que en esa manzana tersa habita el gusano del poder.
Carlos Peña
Edmundo Pérez Yoma -si creemos lo que se oye de él- parece un personaje de Hemingway. Está provisto, en el fondo de su alma, de un pragmatismo que se asemeja a la resignación. Como si el terrible asesinato de su padre le hubiera enseñado que una acción -una simple acción- es capaz de darnos todo y de quitarnos todo.
Por eso para él la palabra intelectual tiene el mismo sonido que la palabra inútil.
Es seguro que, a pesar de su catolicidad, le gusta más el inicio del Fausto (en el principio era la acción) que el comienzo de las sagradas escrituras (en el principio era el verbo).
En suma, él es una de esas personas que prefieren ver películas de guerra a leer libros de historia.
El boxeo a la esgrima.
El decreto al diálogo.
El póker al ajedrez.
Por eso no es raro que a la menor provocación eche chispas o profiera maldiciones (si no que lo diga Stange); sospeche conspiraciones (es cosa de preguntarle a Rosenblut o Halpern), o simplemente dé vuelta la espalda (como lo sabe Frei).
Desde fuera, claro, parece un burgués sencillo y complaciente.
Edad dorada, familia extensa, ingresos seguros, creencias firmes, misa dominical, buen traje, nietos, recuerdos, sonrisa ancha, pocas incertidumbres, escasas esperanzas, porte erguido.
Pero si la cosa fuera tan sencilla como aparenta, Pérez Yoma no valdría la pena.
La gracia es que en esa manzana aparentemente tan tersa habita un gusano.
Es la delectación y la capacidad -casi profesional- por ejercer el poder.
Por eso su presencia es una muestra elocuente de lo que le falta al Gobierno de Michelle Bachelet.
Y es que si uno mira bien, al Gobierno de Bachelet no le falta eficiencia en el ámbito de las políticas públicas.
O sea, todo lo que era necesario para torcer la trayectoria del sistema que nos legó la dictadura. Gracias a Bachelet estamos transitando, casi sin darnos cuenta, de un Estado contributivo (donde el riesgo de la enfermedad y la vejez es de quien lo padece) a uno de prestaciones universales (donde nos aseguramos unos a otros al margen de nuestro desempeño).
El problema del Gobierno es la política. Es decir, la producción de orden y de coordinación de acciones que, entregadas a sí mismas, acaban produciendo despilfarro.
Y ahí entra Pérez Yoma. El personaje de Hemingway.
No tiene el tono vacilante que tenía Andrés Zaldívar. Tampoco la fría mudez -esa especie de enigma- de que hacía gala Belisario Velasco. Carece de la pretensión republicana -esa liturgia de todos los días- de Ricardo Lagos. De la sencillez -tan cercana a la simpleza- de Frei.
De la prudencia -que a algunos parecía renuncia- de Aylwin.
A diferencia de Zaldívar es asertivo.
Y a diferencia de Velasco es transparente. En vez de la pretensión ritual y republicana de Lagos, prefiere la eficiencia de un negocio bien hecho. En lugar de la sencillez de Frei, la distancia del burgués. Y a cambio de la prudencia de Aylwin, la decisión del apostador.
Su especialidad es ordenar la cosa. Así de simple.
Por eso es probable que a la derecha le cueste pelear con él. Es que sospechan que, sacadas las cuentas, es cercano a ellos. Un portaliano en un gobierno progresista, un empresario en un gobierno que rehúye la flexibilidad, un católico en un gobierno que alienta la libertad de opción, un hombre fuerte en un gobierno que quiso deberse a los ciudadanos, un personaje de Hemingway en un gobierno que comenzó con todos los matices de un Ian Mac Ewan.

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