19/9/08

Hay que Detener Esta Locura

Me propongo compartir con ustedes un análisis comparado de los resultados que publica Codelco y los que publican las mineras privadas. Los chilenos vamos a tener que meternos en estos temas; necesitamos comprenderlos, porque para decirlo con franqueza, estamos haciendo el loco.

Estamos siendo despojados de nuestra principal riqueza.

Aquí hay un puñado de agentes de las empresas mineras que han manejado y que manejan las políticas mineras del país, a espaldas de todos nosotros.

En torno a este tema se da el caso de corrupción más flagrante que exista en nuestro país. Es mucho más grave que la corrupción, por decirlo así, al menudeo que se denuncia con relación a otras partes, porque en la corrupción al menudeo hay mecanismos democráticos para controlarla. Pero para esta corrupción en gran escala, los mecanismos democráticos básicos, como la oposición, en este caso fallan, porque en esta corrupción están involucrados la oposición y el gobierno.

Hay que decirlo con toda claridad: las mineras privadas financian las campañas tanto de la oposición como del gobierno, y eso permite, por ejemplo, que haya grupos transversales, como el que hace algunos días firmó una carta, pidiendo la privatización del Codelco. Casi todos ellos son agentes de las empresas mineras; o sea, están ahí con nombres y apellidos.

Ellos dirigen Codelco, dirigen la política minera del gobierno y trabajan para las mineras. Evidentemente, el resto de los chilenos esta situación no la podemos tolerar. Es como mucho, porque las cifras involucradas son demasiado grandes. Lo que se llevan estas empresas, y Orlando lo mencionó, equivale a lo que el Estado gasta en previsión, salud y educación, todo junto. Y se lo llevan básicamente tres empresas, que son las que controlan la mitad de la producción de todo el país. Una de ellas, Escondida, controla el 30%, igual que Codelco, y con dos más que se le suman, se llega a la mitad de toda la producción de cobre.

Con estos dineros le estamos financiando a la mayor de estas empresas, la anglo-australiana BHP Billiton, la más grande de mundo, el control total del mercado del cobre y del hierro. Resulta que esta empresa está comprando a la tercera del mercado, Río Tinto, y los que estamos pagando la cuenta somos nosotros. Es nuestro dinero, nuestro cobre, lo que está pagando lo que se llevan y lo que nos pertenece. Sumadas ambas empresas llegan a una capitalización de mercado cercana a los 500 mil millones de dólares.

Esto está inflado por el precio del cobre, que no va a seguir en los niveles actuales. Digamos que hay una burbuja especulativa en eso, pero hoy el valor de mercado de estas dos empresas suma 500 mil millones de dólares. Es decir, estamos financiando el crecimiento de estos gigantes. Para que se hagan una idea, el valor de mercado de Microsoft es de 230 mil millones de dólares, y el de IBM, poco más de cien mil. Lo más grave del monstruo que se está creando, es que va a controlar el mercado del hierro. Y contra quién compite en el mercado del hierro. Compite con Vale de Río Doce, empresa que pertenece al Estado brasileño.

O sea, los chilenos estamos financiando al competidor de una empresa de un país que es nuestro aliado natural, le estamos ayudando a controlar el mercado del hierro. No sólo nos hacemos el harakiri, sino también se lo hacemos a nuestro principal aliado en América Latina. Es una política insensata por donde se la mire y no puede continuar así.

Revertir esto es uno de los elementos básicos de una política nacional, y es algo que va a ocurrir en los próximos años. De hecho, está ocurriendo en todos los países que tienen recursos naturales. Todos han renegociado sus contratos, y las empresas lo saben. Rusia ha recuperado prácticamente todos los recursos naturales que Yeltsin entregó a las trasnacionales. Sin embargo, las trasnacionales siguen operando en Rusia.

Venezuela renegoció recién todos sus contratos con las multinacionales del petróleo y las multinacionales siguen operando en Venezuela. Bolivia ha renegociado los contratos con todas las multinacionales que operan con el gas, y las multinacionales siguen operando ahí, pero bajo condiciones razonables. Nigeria ha renegociado los contratos con las multinacionales, es decir, es evidente para cualquiera, también para estas empresas, que una situación como esta no puede seguir, y que por lo tanto es un tema que está absolutamente en el tapete. Es una de las tareas que debemos enfrentar y para eso es necesario que entremos al detalle de algunos aspectos.

El punto que quiero mostrar es que el análisis de los balances de las empresas que están entregando información respecto de sus resultados, muestra que no son veraces. Esto surge de una manera bastante clara del análisis de los balances. Las empresas mineras ganaron 18 mil 990 millones de dólares en 2006, de acuerdo a sus propios balances. O sea, en un año recuperaron toda la inversión que hicieron todas las mineras privadas desde 1974 hasta 2006.

En 2007 superaron eso también. O sea, en un año recuperan todo lo que invirtieron en treinta. El precio del cobre, expresado pesado en toneladas es de seis mil dólares por tonelada, seis mil setecientos en 2006. Por supuesto, es el mismo precio del cobre para Codelco y las empresas privadas.

En este momento, la producción de Codelco es de un millón y medio de toneladas. La de las empresas transnacionales es de 3,7 millones de toneladas; o sea, están produciendo mucho mas que nosotros. Ahora fíjense que cosa tan sorprendente es lo que arrojan los resultados, que en el caso de Codelco, sí sabemos que son fidedignos.

Codelco gana por cada tonelada de cobre que produce seis mil cuatrocientos ochenta dólares. Pero cómo es esto, si el precio de venta es de seis mil. O sea, más o menos lo mismo. En otras palabras, o Codelco gana sobre el precio de venta o no tiene costos. Vean lo que es el negocio del cobre en Chile: es un negocio que no tiene costo, porque resulta que todo lo que se vende, queda como utilidad. Ustedes dirán, este señor está loco porque todo tiene costo, porque es obvio que hay maquinarias, que hay sueldos. Veamos como es la cosa. Si está en el balance de Codelco. Aquí dice que gana seis mil cuatrocientos ochenta dólares por cada tonelada de cobre que produjo, en circunstancias que aquí también dice que el precio es seis mil setecientos.

¿Cómo se explica esto?

Se explica por esta línea que ustedes ven aquí. Resulta que Codelco recibe mil novecientos setenta y nueve dólares por el valor de los subproductos por cada tonelada de cobre que produce, y esto es entonces lo que le paga todos los costos.

Fíjense ustedes qué interesante es esto: el negocio del cobre es tan bueno en Chile que sacar el cobre, refinarlo procesarlo y transportarlo sale gratis, porque resulta que junto con el cobre que se saca, viene el molibdeno, la plata, el oro y todas esas cosas que salen de yapa. Y la yapa que sale es tan grande, que nos paga todos los costos de hacer el hoyo, de moler el material, de transportarlo, de pagarle a los viejos, de los camiones, de la fundición, de la refinación, del transporte y de la comercialización, que no es poco en el caso de Codelco, porque harta plata se gasta en cosas que no se ven. Bueno, todo eso lo pagan los subproductos, y queda neto el precio del cobre como ganancia.

Este cuadro, referido a la información proporcionada por las empresas privadas, muestra que al parecer nos están haciendo lesos con el resultado que declaran, sobre el cual pagan sus impuestos. Fíjense ustedes qué cosa más rara. Codelco saca seis mil cuatrocientos ochenta dólares de utilidades por cada tonelada de cobre que produce, y resulta que las mineras privadas sacan cinco mil no más. O sea que Codelco, que ustedes han oído que es una empresa muy ineficiente, una empresa muy antigua, una empresa que tiene minerales de más baja ley, saca mayores utilidades por tonelada de cobre que lo que sacan las “eficientes” empresas mineras privadas. La mayoría de ellas no publica cuánto saca por sus productos.

Pero hay una que sí publica sus resultados, que es La Escondida. Fíjense aquí, que saca ciento veintidós dólares en subproductos por tonelada de cobre producido. En cambio, Codelco mil novecientos sesenta y nueve dólares por concepto de subproductos, por cada tonelada de cobre producido.

Yo les pregunto a ustedes ¿será tan distinto el mineral que explota Escondida del que explota Codelco?

Claro, Escondida exporta concentrado y lo exporta a una filial y esa filial es la que saca los subproductos. Es esa filial la que le dice, mire, había sólo ciento veintidós dólares en subproductos. Entonces la implicación obvia es que con estas cifras, que como digo son publicadas por la propia compañía, las autoridades deberían estar investigando a estas empresas, de arriba a abajo porque esto es completamente inconcebible.

Es verdad que Codelco es una empresa más antigua, es verdad que tiene costos laborales mayores, es verdad que tiene un gasto administrativo muy superior, que otras no tienen. Es verdad que Codelco tiene yacimientos con leyes que son la mitad de las otras; es verdad que tiene procesos de producción más complicados. Entonces, es mentira que las mineras privadas estén ganando menos que Codelco, que al menos sabemos que hace bien sus cuentas. Este análisis lo habíamos hecho antes para el periodo 1998-2005 y demostró que efectivamente Escondida durante toda su vida ha cargado costos de refinación con su filial a precios más altos que los de mercado y que ha vendido el cobre a precios más bajos que los del mercado.

Eso quedó demostrado en ese estudio.

Esas son las cosas que claman al cielo.

Esas son las cosas que tenemos que entrar a cambiar.

Por Manuel Riesco

El mejor presidente de Chile

En el siguiente artículo, el cientista político y columnista de PODER Patricio Navia analiza los gobiernos de los últimos diez mandatarios. Sopesando sus aciertos y errores y evaluando las transformaciones que provocaron, elige al mejor ocupante de La Moneda de los últimos 60 años.


Desde que Gabriel González Videla fuera electo en 1948, La Moneda ha tenido diez ocupantes. Si bien sus legados son una compleja mezcla de aciertos y errores, la historia inevitablemente reduce sus periodos a un par de puntos destacados y a un puñado de datos que capturan sólo parcialmente la realidad social, económica y política de la época. Precisamente porque, por definición, cualquier ranking es injusto e incompleto, me atrevo a evaluar las fortalezas y debilidades de cada presidente, sopesar sus aciertos y errores, y considerar sus contribuciones. Con indicadores objetivos y una inevitable lectura subjetiva, en esta comparación de nuestros últimos diez presidentes, escojo al mejor.

Hay distintas formas de construir un ranking. Si midiéramos sólo el nivel de conocimiento que de ellos tiene el mundo, Salvador Allende y Augusto Pinochet disputan con Michelle Bachelet el primer lugar. Una búsqueda en Google produce 2,3 millones de resultados para Allende, 1,6 millones para Pinochet, 1,5 millones para Bachelet, 927.000 para Ricardo Lagos (¡algunos son por el hijo!), 557.000 para los dos Eduardo Frei, 127.000 para Patricio Aylwin y 108.000 para Jorge Alessandri.

Si evaluáramos sólo las transformaciones sociales, económicas y políticas que provocó cada Presidente, Pinochet es el líder incuestionable. Aunque las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante su mandato también ocuparían el primer lugar entre los momentos más oscuros de Chile en estas seis décadas. No por nada Pinochet disputa con Allende –otro presidente que, de haber sido exitoso, hubiera provocado profundas transformaciones– el legado más controversial de los últimos diez mandatarios.

Si fuera por momentos históricos, Allende disputaría el cetro con Bachelet. El primer presidente socialista pronunció el mensaje más memorable desde La Moneda. Mientras que la primera mujer, también socialista, estará para siempre en los libros de historia. Si se tratara de apoyo popular, Frei Ruiz-Tagle se quedaría con los honores, después de conseguir el 58% de los votos (más de 4 millones), cifra récord en porcentajes y número de votos desde que hay sufragio universal. Y si sólo consideráramos el crecimiento económico, Aylwin se llevaría el cetro. En su periodo, la economía creció a un promedio de 7,8% anual.

Estos nueve hombres y una mujer han gobernado 6,25 años en promedio. Seis lo hicieron en sexenios, dos en cuatrienios y dos gobernaron en irregulares periodos. Los tres años de Allende fue el periodo más corto y el único mandato que no se completó. Pinochet, en cambio, que nunca fue electo para el cargo, lo ocupó por más tiempo (16 años y medio).

Los presidentes pre-1973

El desempeño de los presidentes antes de 1973 refleja que ese Chile, mitificado como un país de clase media, era más bien una nación mediocre incapaz de satisfacer la demanda por inclusión social y económica exacerbada por la rápida urbanización experimentada en la segunda mitad del siglo XX. González Videla reflejó el agotamiento del modelo del Frente Popular más que una respuesta a los crecientes problemas de inflación y estancamiento económico. El Chile de clase media, simbolizado por Ñuñoa, el Instituto Nacional y la Universidad de Chile, no alcanzaba para dar cabida a todos. Por cada estudiante que recibía una educación de calidad, diez quedaban fuera. Por cada hijo de la clase obrera que entraba a la universidad, más de 30 entraban al grupo que, años después, Los Prisioneros calificaría como “el baile de los que sobran”.

Su decisión de impulsar una ley que proscribiera al Partido Comunista reflejó que González Videla (1946-1952) se movía mucho más por el miedo que por la inclusión. La Ley de Defensa de la Democracia –bautizada como Ley Maldita– fue un tácito reconocimiento de la incapacidad de González Videla. En vez de hacerse cargo del problema de exclusión, el último presidente radical optó por dispararle al mensajero que trae las malas noticias. El Partido Comunista no era el problema, su poder electoral era el resultado de las demandas por inclusión de una creciente masa urbana marginada. La torpeza de González Videla le ganó un dudoso lugar en la historia literaria de Chile. Neruda lo llamó ‘traidor’. Por su incapacidad para enfrentar problemas, nadie hoy menciona a González Videla como un presidente ejemplar.

El segundo gobierno de Ibáñez tuvo logros importantes. Pero el octogenario presidente gobernó mirando más al pasado y tratando de limpiar su nombre, que buscando fundar un nuevo país. Inspirado en lo que hacía Perón en Argentina, Ibáñez se rebeló contra los partidos para terminar luego gobernando con ellos. Carente de visión de país, el suyo fue un gobierno discreto (1952-1958). Nunca pudo controlar la inflación y las políticas públicas nunca lograron definir un modelo atractivo de desarrollo. Fallecido dos años después de dejar el poder, su legado tuvo destellos positivos, pero los historiadores más benévolos sólo pueden calificar el suyo como un gobierno mediocre.

Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964) personificó la duda existencial de la derecha. Después de entrar prometiendo un gobierno cosista (de los gerentes), Alessandri terminó negociando con el Partido Radical para dar gobernabilidad al país. Aunque pudo controlar la inflación desatada bajo Ibáñez, Alessandri nunca logró ser un ente renovador de la derecha. Al final, la Revolución Cubana de 1959 lo forzó a realizar reformas mucho más progresistas de las que él tenía en mente. El viejo Chile estaba moribundo, pero Alessandri sólo intentó mantenerlo respirando. Lamentablemente para la derecha de hoy, su gobierno fue tan discreto que ningún presidenciable de la Alianza puede nombrarlo como un modelo a seguir.

Eduardo Frei Montalva probablemente es el presidente más ambicioso e intelectualmente más dotado que ha tenido Chile en estos 60 años. Su apoteósica llegada al poder reflejaba tanto su capacidad para entender los desafíos como la claridad de su mensaje de cambio. Pero Frei fue incapaz de alcanzar sus objetivos. Además de enfrentar obstáculos formidables, Frei también fue víctima de su época. Aunque entendió que nacía una patria joven, y su deseo de revolución en libertad refleja mejor que cualquier otro eslogan el deseo de la mayoría, Frei fue incapaz de convencer a dos sectores clave. La oligarquía se resistía a aceptar mayor inclusión social, mientras que la izquierda y muchos en la juventud DC no comprendieron que había que avanzar con firmeza pero sin desesperación. Cuando Frei le entregó la banda presidencial a Allende, el fracaso de su proyecto era indiscutido.

El de Allende fue un gobierno a todas luces desastroso. Es verdad que su deseo de inclusión social respondía a una necesidad del país. Pero el propio Allende reconoció su fracaso. Ese “mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, refleja tanto su fe y su optimismo en el futuro como su frustración y su derrota. El Chile que murió con el bombardeo a La Moneda fue un país incapaz de solucionar exitosamente el desafío de la inclusión social. Los ambiciosos proyectos de Frei Montalva y Allende explican la actual popularidad de ambos líderes históricos, pero el golpe de 1973 brutalmente atestigua sobre sus fracasos.

Por la Constitución de 1980, el modelo económico y porque el Chile de hoy se parece mucho a lo que él intentó construir que a la visión de cualquier otro presidente, Pinochet ha sido el presidente más influyente en estos sesenta años. Pero un presidente cuya memoria está irremediable e incuestionablemente manchada por el legado de violaciones a los derechos humanos no puede ser considerado exitoso. Su legado siempre estará asociado a la desaparición de miles de chilenos, la tortura y el exilio. El padre del Chile actual entró también en la historia como un dictador.

Parafraseando a Gonzalo Vial, las negras oscuridades de su legado no opacan las brillantes luces. Las reformas económicas impulsadas en dictadura constituyen las bases del crecimiento experimentado en los 90. Una analogía útil, aunque fuerte, es entender a Pinochet como un padre que entregó una buena educación a sus hijos, pero mató a algunos. Los hijos sobrevivientes se benefician de su buena educación, pero también precisan tratamiento sicológico por el resto de sus vidas. Peor aún, el modelo económico, pese a constituir la base sobre la que se ha producido la inclusión social y económica, siempre estará asociado a las violaciones a los derechos humanos. No tenía por qué ser así. Precisamente aquellos que más se identifican con el libre mercado serán los que más resientan que Pinochet haya manchado ese legado con las violaciones a los derechos humanos y con su obsesión por mantenerse indefinidamente en el poder.

El Chile post-Pinochet

Por lo anterior es que el periodo de Aylwin será correctamente recordado como uno de reencuentro de los demócratas. Aylwin llegó a gobernar un país de enemigos y fue capaz de liderar una difícil pero exitosa transición hacia la democracia. Además, su énfasis en la justicia social y la reducción de la pobreza produjeron resultados notables. El enorme capital político que significó la victoria del No en el plebiscito de 1988, y la loable decisión de los partidos de centro y de izquierda de formar la Concertación facilitaron su tarea. Pero el monumental éxito de Aylwin se debió en buena parte a su obstinada moderación. Esto de actuar “en la medida de lo posible” facilitó el éxito de su cuatrienio. Con un 40% de la población sumida en la pobreza, con Pinochet al mando del Ejército, con demandas sociales y políticas que amenazaban con desbordar al país, Aylwin fue capaz de avanzar con cautela y determinación. Además, se anotó el récord del crecimiento promedio más alto de cualquiera de los últimos diez presidentes.

Pero la misma moderación y cautela que ayudaron a su éxito también explican los claroscuros de su legado. Con la mejor perspectiva que da el paso de los años, sabemos que Aylwin pudo haber avanzado más rápido. El temor a una regresión autoritaria que caracterizó a su gobierno fue excesivo. Marcado por los dolores de la dictadura, Aylwin no entendió que el mundo había cambiado y que, por más ganas que tuviera, Pinochet no podía realizar otro golpe. Si hubiera tenido la ambición de Frei Montalva o de Allende, Aylwin habría sido más exitoso. Varios enclaves autoritarios y muchas de las heridas mal sanadas que aún obstaculizan nuestra consolidación democrática son herencia de la prudencia excesiva de Aylwin. El primer presidente post-dictadura evitó correr riesgos. Teniendo la opción de convertirse en el verdadero padre del Chile actual, Aylwin sólo buscó ser su meritorio tutor.

El recuerdo del sexenio de Frei Ruiz-Tagle ha sido víctima más de la incapacidad de Frei para convocar a Chile a soñar que por la crisis económica de los últimos dos años. Su popularidad ya estaba en el piso mucho antes de la crisis asiática. Frei confundió ser presidente con ser gerente. Sin entender que debía ejercer también como líder espiritual, Frei se olvidó de convocar a soñar. A diferencia de su padre, Frei sólo se concentró en reformar el Estado y construir las bases para el desarrollo futuro. Pero incluso la más fría de las empresas busca construir una imagen que entusiasme a empleados y accionistas. El gobierno de Frei tuvo excelente prosa, pero careció de poesía. Porque sus resultados fueron correctos, pero careció de alma, el sexenio de Frei Ruiz-Tagle será recordado con respeto pero sin cariño.

El gobierno de Ricardo Lagos tuvo todos los componentes necesarios para convertirse en un gobierno legendario. Su llegada al poder estuvo marcada de simbolismos (crisis económica, retorno de un derrotado Pinochet y el primer socialista desde Allende en La Moneda). Pero Lagos intencionalmente sumó un nuevo símbolo, el bicentenario. Lagos convocó a soñar. Aunque la historia probablemente reduzca su legado a dos o tres puntos, la poesía e intenso involucramiento personal complementó la correcta prosa de su administración. El simbolismo que le faltó a Frei Ruiz-Tagle le sobró a Lagos. Desde la apertura de La Moneda hasta la ceremonia de 30 años después del golpe, Lagos entendió que gobernaba tanto para sus compatriotas como para la historia. Su celebrada salida del poder –y el entusiasmo que despertó la llegada de Bachelet– reflejó el éxito de su administración.

Si bien las cifras económicas hablan de un sexenio de moderado éxito, desde los acuerdos de libre comercio hasta la gigantesca reforma constitucional, desde el Plan Auge de salud hasta los avances en infraestructura, su legado crecerá con la historia precisamente porque Lagos pensaba en la historia cuando convocó a los chilenos a soñar con el bicentenario. El liderazgo internacional que ejerció Lagos en su sexenio y la extensa lista de proyectos de infraestructura que se iniciaron en su administración –algunos de los cuales, como el Transantiago, incluso han definido parcialmente el legado de su predecesora– dan cuenta de lo ambicioso del visionario proyecto de Lagos. Desde el puente a Chiloé hasta la oferta de reanudar relaciones con Bolivia “aquí y ahora”, desde el impuesto a la gran producción minera hasta el acceso al crédito fiscal para alumnos de universidades privadas, su sexenio estuvo lleno de reformas, proyectos e ideas que seguirán presentes en Chile por varias décadas. Si bien hubo fracasos evidentes (como el Transantiago o el tren a Puerto Montt), las iniciativas exitosas fueron mucho más numerosas.

Como todos los presidentes, Lagos también cometió errores y equivocaciones. Su obsesión con los grandes proyectos lo llevó a ignorar señales preocupantes sobre corrupción y mala administración. Desde Ferrocarriles del Estado hasta el diseño del Transantiago, la ambición de Lagos allanó el camino para la gestación de los escándalos que conocemos hoy. La desconfianza del mandatario que siempre habló de la fortaleza de las instituciones lo llevó a confiar demasiado en su círculo de amigos y a privilegiar el nepotismo y la protección de la gran familia concertacionista. Por cierto, porque ha albergado aspiraciones presidenciales desde el día que dejó el poder, el legado de Lagos ha sido cuestionado por sus adversarios y las falencias de su administración y errores de su sexenio han sido continuamente resaltados. Peor aún, la cercanía en el tiempo aún no permite evaluar el resultado de largo plazo de algunas de sus reformas.

Con todas sus sombras –y sus más numerosas luces– Lagos fue más ambicioso en su diseño inicial que sus dos predecesores. Es difícil imaginar que su sexenio haya podido conseguir más de lo que hizo. Si bien Lagos fácilmente pudo haber evitado algunos errores, todo gobierno tiene elementos negativos en sus legados. Resulta difícil encontrar un área donde Lagos no haya intentado reformas. Lagos logró anotarse tantas victorias precisamente porque intentó tantas reformas. Cuando pase la ‘hojarasca’ de la que él mismo habló –y el propio Lagos ha contribuido a crear al no explicitar sus planes políticos– su legado crecerá mucho más de lo que sus críticos y adversarios están hoy dispuestos a reconocer.

Sería injusto intentar evaluar el legado de Bachelet cuando resta un año y medio para el fin de su mandato. Pero parece correcto sugerir, al menos tentativamente, que su gobierno no se perfila como la más exitosa de las administraciones concertacionistas. Ya que pasará a la historia por ser la primera mujer en llegar a La Moneda que por cualquiera de sus aciertos o errores, Bachelet difícilmente puede ser considerada como la más exitosa entre los últimos diez presidentes. Ni el desempeño económico ni las necesarias pero poco ambiciosas reformas de pensiones y de educación pre-escolar (y la nueva Ley General de Educación, en caso de que sea aprobada) lograrán opacar los problemas y errores de su administración. No por nada Bachelet hoy tiene niveles de desaprobación presidencial tan altos como los de Frei Ruiz-Tagle en plena recesión económica de 1999.

Lagos, el mejor

Por todos los aciertos y pese a los errores propios y ajenos de su administración, Lagos emerge como el mejor presidente de Chile de los últimos sesenta años. Más ambicioso que Aylwin o Frei Ruiz-Tagle, y sin cargar con una pesada mochila de desaciertos como Pinochet, Lagos dejó un legado que crecerá en el tiempo. Por eso mismo, ahora que evalúa ser candidato presidencial en 2009, Lagos debe sopesar las ventajas del enorme capital que constituye su legado con el gigantesco riesgo que implica participar en una campaña presidencial de impredecible resultado. Como mejor presidente en la historia reciente, Lagos tiene mucho que perder. Por más reformas que impulse, la herencia de su segundo periodo difícilmente podrá superar al de su primer sexenio.
Pero ya que precisamente su gigantesca ambición explica el éxito de su legado, parece lógico pensar que el mandatario que más logros tuvo en La Moneda será incapaz de resistir a la tentación de volver a ocupar el sillón presidencial.

11/9/08

Hace 35 Años Un 11 de septiembre.

Chile conmemora el Día del Duelo Nacional. Nuestras banderas se inclinan respetuosas en las tumbas de nuestros mártires. Chile reitera el juramento de que “nunca más” y reitera su exigencia eterna de justicia para las víctimas.
Chile recuerda hoy el fatídico día en que fue derrotado el movimiento popular que llevó a Salvador Allende, en elecciones limpias y libres, al poder en Chile, un 4 de septiembre de 1970.
El 11 de septiembre de 1973 fue un martes igual que este año y el Presidente recibió la primera noticia de la insurrección aproximadamente a las seis de la mañana. La Armada estaba sublevada en Valparaíso y los barcos de la flota de Estados Unidos operaban en aguas territoriales chilenas ya que se estaba realizando un ejercicio conjunto de ambas marinas en el marco del Pacto Militar Interamericano.
El gobierno de Allende, apoyado por la Unidad Popular fue derrotado.
No fracasó ya que el país fue artificialmente parado en parte por huelgas políticas insurreccionales de gremios y dueños de camiones financiados por los servicios secretos de los países desarrollados de América y apoyados por una alianza entre la Democracia Cristiana y la derecha agrupada en un partido de nombre “Nacional”.
Chile fue acosado por una agresión concertada que intentó “hacer crujir” la economía chilena como ordenara el Presidente Nixon a sus asesores en presencia de Agustín Edwards, el dueño de El Mercurio que fue el agente extranjero mas exitoso de la insurrección ya que no sólo logró que la CIA financiara su periódico y sus empresas en Chile, sino que al autoexiliarse en los Estados Unidos influyó y manipuló a los funcionarios del poder en los EEUU para lograr el derrocamiento de Allende.
En Chile, a partir de unos primeros días en que los militares, por no estar muy seguros de que podían vencer definitivamente, hicieron toda clase de promesas como que los trabajadores mantendrían sus conquistas, la libertad sería restaurada y la democracia nuevamente establecida.
Fueron tantas estas declaraciones que hasta el mismo presidente del Senado (sucesor legal de Allende y que según la Constitución debía asumir la Presidencia y llamar a elecciones en seis meses pudiendo el mismo ser candidato) se hizo presente en una ceremonia sin mayor sentido que hicieron los cuatro insurrectos en la Escuela Militar en la que patéticamente se auto entregaron el mando de la nación, el Presidente del Senado llegó a la Escuela Militar porque se suponía que los Democrata Cristianos habían apoyado el golpe con todas sus fuerzas y debían cosechar los frutos de la aventura político-militar y recibir el premio que corresponde a tales esfuerzos.
No fue tomado en cuenta. Se asegura que le fue requisado el auto oficial del Presidente del Senado y fue enviado de vuelta a casa en un jeep militar haciéndole sentir claramente que sus servicios ya no eran necesarios y menos los de su partido al que no tomaron en cuenta para ningún cargo ni para responsabilidad gubernamental alguna.
De hecho al poco tiempo y ya consolidado el poder en manos de la clique civil-militar que se aprestaba a tomar las riquezas del Estado por asalto, los democrata cristianos, antiguos aliados y feroces y decisivos enemigos de Allende, fueron perseguidos, aislados, los bienes de su partido expropiados y sus dirigentes incluso fueron víctimas de atentados como el caso de Berrnardo Leigthon y su esposa en Roma.
Quien se une con traidores y filibusteros termina siempre traicionado cuando se trata de repartir el botín.
La carta de Eduardo Frei al Primer Ministro italiano Aldo Moro de nada sirvió. Ni la disciplinada manera como apoyaron el golpe. Ni el discurso de Andrés Zaldívar antes de que asumiera Allende en el que llamó a una “corrida bancaria” por televisión nacional. Nada sirvió.
Los militares se deshicieron de la DC como de un empleado molesto y poco fiable.
Quizás en el futuro y cuando lleguen otros al mando de la DC se pueda evaluar el profundo error y la traición a sus principios que cometió la dirigencia democrata cristiana al colaborar con el golpismo y derrotar a Allende.
Los acontecimientos que siguieron son conocidos.
El terror duró 17 años.
El dictador no cayó. Fue desplazado del poder con garantías y asegurada su vida y su patrimonio y la impunidad de sus colaboradores mas cercanos por un proceso que fue llamado “transición pactada”.
El gobierno de los EEUU lo había “dejado caer”.
Cuando vieron que en Chile había aparecido un embrión de ejército que no pudo ser derrotado por Pinochet y que incluso casi logra eliminarlo en una emboscada.
Cuando vieron que había un movimiento de masas gigante en Chile y que el peligro real de que esas masas se conectaran con el germen de ejército que los servicios de seguridad no pudieron eliminar y menos vencer, entonces Washington visualizó claramente que Pinochet de ser un “salvador” del capitalismo en Chile se había transformado en un obstáculo, como lo dicen claramente los documentos capturados a un coronel chileno secuestrado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en la época.
La constitución redactada por Jaime Guzmán no fue tocada en este “pacto”, el que consideraba acuerdos secretos, ni siquiera escritos, que aseguraron entre otras cosas que ninguna de las privatizaciones de la parte mas valiosa y estratégica del patrimonio industrial y de infraestructura chileno serían revisadas.
Empresas gigantes como la Empresa Nacional de Electricidad que había electrificado todo el país y poseía centrales hidroeléctricas y toda la infraestrucura de ella fueron privatizadas por métodos oscuros que fueron la hora para oportunistas que de la noche a la mañana terminaron millonarios y al final “vendieron” lo que nunca fue de ellos a consorcios extranjeros.
Todas las empresas del Estado fueron repartidas entre amigos, colaboradores.
Los insurrectos y cientos de miles de ciudadanos fueron encerrados en campos de Concentración.
La campaña de propaganda, apoyada en los dos únicos periódicos que quedaron con vida después del golpe: El Mercurio y La Tercera, hincó sus garras mentirosas en la mente de los chilenos .
Ya casi nada nos pertenece a los chilenos en nuestro país.
Los extranjeros sacan de Chile riquezas gigantescas cada año y en Chile queda el hoyo y los salarios miserables.
Es por esto que creemos que el día 11 de septiembre debería ser un Día del Duelo Nacional.
En cada centro de tortura, de detención, en cada lugar donde los crímenes de la dictadura se cometieron, sea en contra de las personas, sea en contra del patrimonio chileno debería una placa, un monumento recordatorio.
Necesitamos un archivo completo de los crímenes y no sellado con un secreto “legal” como lo está el Informe Valech.
Debería haber un registro completo en imágenes, sonido y escrito de todos los testimonios de los crímenes de la dictadura.
Para que nunca más se atrevan a levantar la mano en contra de Chile.
Finalmente y desde estas modestas páginas rendimos un homenaje a Salvador Allende y todos los caídos en La Moneda el 11 de spetiembre, a los que cayeron luchando contra la dictadura en los 17 años de terror.

DIJISTE LIBERTAD ANTES QUE NADIE