19/9/08

El mejor presidente de Chile

En el siguiente artículo, el cientista político y columnista de PODER Patricio Navia analiza los gobiernos de los últimos diez mandatarios. Sopesando sus aciertos y errores y evaluando las transformaciones que provocaron, elige al mejor ocupante de La Moneda de los últimos 60 años.


Desde que Gabriel González Videla fuera electo en 1948, La Moneda ha tenido diez ocupantes. Si bien sus legados son una compleja mezcla de aciertos y errores, la historia inevitablemente reduce sus periodos a un par de puntos destacados y a un puñado de datos que capturan sólo parcialmente la realidad social, económica y política de la época. Precisamente porque, por definición, cualquier ranking es injusto e incompleto, me atrevo a evaluar las fortalezas y debilidades de cada presidente, sopesar sus aciertos y errores, y considerar sus contribuciones. Con indicadores objetivos y una inevitable lectura subjetiva, en esta comparación de nuestros últimos diez presidentes, escojo al mejor.

Hay distintas formas de construir un ranking. Si midiéramos sólo el nivel de conocimiento que de ellos tiene el mundo, Salvador Allende y Augusto Pinochet disputan con Michelle Bachelet el primer lugar. Una búsqueda en Google produce 2,3 millones de resultados para Allende, 1,6 millones para Pinochet, 1,5 millones para Bachelet, 927.000 para Ricardo Lagos (¡algunos son por el hijo!), 557.000 para los dos Eduardo Frei, 127.000 para Patricio Aylwin y 108.000 para Jorge Alessandri.

Si evaluáramos sólo las transformaciones sociales, económicas y políticas que provocó cada Presidente, Pinochet es el líder incuestionable. Aunque las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante su mandato también ocuparían el primer lugar entre los momentos más oscuros de Chile en estas seis décadas. No por nada Pinochet disputa con Allende –otro presidente que, de haber sido exitoso, hubiera provocado profundas transformaciones– el legado más controversial de los últimos diez mandatarios.

Si fuera por momentos históricos, Allende disputaría el cetro con Bachelet. El primer presidente socialista pronunció el mensaje más memorable desde La Moneda. Mientras que la primera mujer, también socialista, estará para siempre en los libros de historia. Si se tratara de apoyo popular, Frei Ruiz-Tagle se quedaría con los honores, después de conseguir el 58% de los votos (más de 4 millones), cifra récord en porcentajes y número de votos desde que hay sufragio universal. Y si sólo consideráramos el crecimiento económico, Aylwin se llevaría el cetro. En su periodo, la economía creció a un promedio de 7,8% anual.

Estos nueve hombres y una mujer han gobernado 6,25 años en promedio. Seis lo hicieron en sexenios, dos en cuatrienios y dos gobernaron en irregulares periodos. Los tres años de Allende fue el periodo más corto y el único mandato que no se completó. Pinochet, en cambio, que nunca fue electo para el cargo, lo ocupó por más tiempo (16 años y medio).

Los presidentes pre-1973

El desempeño de los presidentes antes de 1973 refleja que ese Chile, mitificado como un país de clase media, era más bien una nación mediocre incapaz de satisfacer la demanda por inclusión social y económica exacerbada por la rápida urbanización experimentada en la segunda mitad del siglo XX. González Videla reflejó el agotamiento del modelo del Frente Popular más que una respuesta a los crecientes problemas de inflación y estancamiento económico. El Chile de clase media, simbolizado por Ñuñoa, el Instituto Nacional y la Universidad de Chile, no alcanzaba para dar cabida a todos. Por cada estudiante que recibía una educación de calidad, diez quedaban fuera. Por cada hijo de la clase obrera que entraba a la universidad, más de 30 entraban al grupo que, años después, Los Prisioneros calificaría como “el baile de los que sobran”.

Su decisión de impulsar una ley que proscribiera al Partido Comunista reflejó que González Videla (1946-1952) se movía mucho más por el miedo que por la inclusión. La Ley de Defensa de la Democracia –bautizada como Ley Maldita– fue un tácito reconocimiento de la incapacidad de González Videla. En vez de hacerse cargo del problema de exclusión, el último presidente radical optó por dispararle al mensajero que trae las malas noticias. El Partido Comunista no era el problema, su poder electoral era el resultado de las demandas por inclusión de una creciente masa urbana marginada. La torpeza de González Videla le ganó un dudoso lugar en la historia literaria de Chile. Neruda lo llamó ‘traidor’. Por su incapacidad para enfrentar problemas, nadie hoy menciona a González Videla como un presidente ejemplar.

El segundo gobierno de Ibáñez tuvo logros importantes. Pero el octogenario presidente gobernó mirando más al pasado y tratando de limpiar su nombre, que buscando fundar un nuevo país. Inspirado en lo que hacía Perón en Argentina, Ibáñez se rebeló contra los partidos para terminar luego gobernando con ellos. Carente de visión de país, el suyo fue un gobierno discreto (1952-1958). Nunca pudo controlar la inflación y las políticas públicas nunca lograron definir un modelo atractivo de desarrollo. Fallecido dos años después de dejar el poder, su legado tuvo destellos positivos, pero los historiadores más benévolos sólo pueden calificar el suyo como un gobierno mediocre.

Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964) personificó la duda existencial de la derecha. Después de entrar prometiendo un gobierno cosista (de los gerentes), Alessandri terminó negociando con el Partido Radical para dar gobernabilidad al país. Aunque pudo controlar la inflación desatada bajo Ibáñez, Alessandri nunca logró ser un ente renovador de la derecha. Al final, la Revolución Cubana de 1959 lo forzó a realizar reformas mucho más progresistas de las que él tenía en mente. El viejo Chile estaba moribundo, pero Alessandri sólo intentó mantenerlo respirando. Lamentablemente para la derecha de hoy, su gobierno fue tan discreto que ningún presidenciable de la Alianza puede nombrarlo como un modelo a seguir.

Eduardo Frei Montalva probablemente es el presidente más ambicioso e intelectualmente más dotado que ha tenido Chile en estos 60 años. Su apoteósica llegada al poder reflejaba tanto su capacidad para entender los desafíos como la claridad de su mensaje de cambio. Pero Frei fue incapaz de alcanzar sus objetivos. Además de enfrentar obstáculos formidables, Frei también fue víctima de su época. Aunque entendió que nacía una patria joven, y su deseo de revolución en libertad refleja mejor que cualquier otro eslogan el deseo de la mayoría, Frei fue incapaz de convencer a dos sectores clave. La oligarquía se resistía a aceptar mayor inclusión social, mientras que la izquierda y muchos en la juventud DC no comprendieron que había que avanzar con firmeza pero sin desesperación. Cuando Frei le entregó la banda presidencial a Allende, el fracaso de su proyecto era indiscutido.

El de Allende fue un gobierno a todas luces desastroso. Es verdad que su deseo de inclusión social respondía a una necesidad del país. Pero el propio Allende reconoció su fracaso. Ese “mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, refleja tanto su fe y su optimismo en el futuro como su frustración y su derrota. El Chile que murió con el bombardeo a La Moneda fue un país incapaz de solucionar exitosamente el desafío de la inclusión social. Los ambiciosos proyectos de Frei Montalva y Allende explican la actual popularidad de ambos líderes históricos, pero el golpe de 1973 brutalmente atestigua sobre sus fracasos.

Por la Constitución de 1980, el modelo económico y porque el Chile de hoy se parece mucho a lo que él intentó construir que a la visión de cualquier otro presidente, Pinochet ha sido el presidente más influyente en estos sesenta años. Pero un presidente cuya memoria está irremediable e incuestionablemente manchada por el legado de violaciones a los derechos humanos no puede ser considerado exitoso. Su legado siempre estará asociado a la desaparición de miles de chilenos, la tortura y el exilio. El padre del Chile actual entró también en la historia como un dictador.

Parafraseando a Gonzalo Vial, las negras oscuridades de su legado no opacan las brillantes luces. Las reformas económicas impulsadas en dictadura constituyen las bases del crecimiento experimentado en los 90. Una analogía útil, aunque fuerte, es entender a Pinochet como un padre que entregó una buena educación a sus hijos, pero mató a algunos. Los hijos sobrevivientes se benefician de su buena educación, pero también precisan tratamiento sicológico por el resto de sus vidas. Peor aún, el modelo económico, pese a constituir la base sobre la que se ha producido la inclusión social y económica, siempre estará asociado a las violaciones a los derechos humanos. No tenía por qué ser así. Precisamente aquellos que más se identifican con el libre mercado serán los que más resientan que Pinochet haya manchado ese legado con las violaciones a los derechos humanos y con su obsesión por mantenerse indefinidamente en el poder.

El Chile post-Pinochet

Por lo anterior es que el periodo de Aylwin será correctamente recordado como uno de reencuentro de los demócratas. Aylwin llegó a gobernar un país de enemigos y fue capaz de liderar una difícil pero exitosa transición hacia la democracia. Además, su énfasis en la justicia social y la reducción de la pobreza produjeron resultados notables. El enorme capital político que significó la victoria del No en el plebiscito de 1988, y la loable decisión de los partidos de centro y de izquierda de formar la Concertación facilitaron su tarea. Pero el monumental éxito de Aylwin se debió en buena parte a su obstinada moderación. Esto de actuar “en la medida de lo posible” facilitó el éxito de su cuatrienio. Con un 40% de la población sumida en la pobreza, con Pinochet al mando del Ejército, con demandas sociales y políticas que amenazaban con desbordar al país, Aylwin fue capaz de avanzar con cautela y determinación. Además, se anotó el récord del crecimiento promedio más alto de cualquiera de los últimos diez presidentes.

Pero la misma moderación y cautela que ayudaron a su éxito también explican los claroscuros de su legado. Con la mejor perspectiva que da el paso de los años, sabemos que Aylwin pudo haber avanzado más rápido. El temor a una regresión autoritaria que caracterizó a su gobierno fue excesivo. Marcado por los dolores de la dictadura, Aylwin no entendió que el mundo había cambiado y que, por más ganas que tuviera, Pinochet no podía realizar otro golpe. Si hubiera tenido la ambición de Frei Montalva o de Allende, Aylwin habría sido más exitoso. Varios enclaves autoritarios y muchas de las heridas mal sanadas que aún obstaculizan nuestra consolidación democrática son herencia de la prudencia excesiva de Aylwin. El primer presidente post-dictadura evitó correr riesgos. Teniendo la opción de convertirse en el verdadero padre del Chile actual, Aylwin sólo buscó ser su meritorio tutor.

El recuerdo del sexenio de Frei Ruiz-Tagle ha sido víctima más de la incapacidad de Frei para convocar a Chile a soñar que por la crisis económica de los últimos dos años. Su popularidad ya estaba en el piso mucho antes de la crisis asiática. Frei confundió ser presidente con ser gerente. Sin entender que debía ejercer también como líder espiritual, Frei se olvidó de convocar a soñar. A diferencia de su padre, Frei sólo se concentró en reformar el Estado y construir las bases para el desarrollo futuro. Pero incluso la más fría de las empresas busca construir una imagen que entusiasme a empleados y accionistas. El gobierno de Frei tuvo excelente prosa, pero careció de poesía. Porque sus resultados fueron correctos, pero careció de alma, el sexenio de Frei Ruiz-Tagle será recordado con respeto pero sin cariño.

El gobierno de Ricardo Lagos tuvo todos los componentes necesarios para convertirse en un gobierno legendario. Su llegada al poder estuvo marcada de simbolismos (crisis económica, retorno de un derrotado Pinochet y el primer socialista desde Allende en La Moneda). Pero Lagos intencionalmente sumó un nuevo símbolo, el bicentenario. Lagos convocó a soñar. Aunque la historia probablemente reduzca su legado a dos o tres puntos, la poesía e intenso involucramiento personal complementó la correcta prosa de su administración. El simbolismo que le faltó a Frei Ruiz-Tagle le sobró a Lagos. Desde la apertura de La Moneda hasta la ceremonia de 30 años después del golpe, Lagos entendió que gobernaba tanto para sus compatriotas como para la historia. Su celebrada salida del poder –y el entusiasmo que despertó la llegada de Bachelet– reflejó el éxito de su administración.

Si bien las cifras económicas hablan de un sexenio de moderado éxito, desde los acuerdos de libre comercio hasta la gigantesca reforma constitucional, desde el Plan Auge de salud hasta los avances en infraestructura, su legado crecerá con la historia precisamente porque Lagos pensaba en la historia cuando convocó a los chilenos a soñar con el bicentenario. El liderazgo internacional que ejerció Lagos en su sexenio y la extensa lista de proyectos de infraestructura que se iniciaron en su administración –algunos de los cuales, como el Transantiago, incluso han definido parcialmente el legado de su predecesora– dan cuenta de lo ambicioso del visionario proyecto de Lagos. Desde el puente a Chiloé hasta la oferta de reanudar relaciones con Bolivia “aquí y ahora”, desde el impuesto a la gran producción minera hasta el acceso al crédito fiscal para alumnos de universidades privadas, su sexenio estuvo lleno de reformas, proyectos e ideas que seguirán presentes en Chile por varias décadas. Si bien hubo fracasos evidentes (como el Transantiago o el tren a Puerto Montt), las iniciativas exitosas fueron mucho más numerosas.

Como todos los presidentes, Lagos también cometió errores y equivocaciones. Su obsesión con los grandes proyectos lo llevó a ignorar señales preocupantes sobre corrupción y mala administración. Desde Ferrocarriles del Estado hasta el diseño del Transantiago, la ambición de Lagos allanó el camino para la gestación de los escándalos que conocemos hoy. La desconfianza del mandatario que siempre habló de la fortaleza de las instituciones lo llevó a confiar demasiado en su círculo de amigos y a privilegiar el nepotismo y la protección de la gran familia concertacionista. Por cierto, porque ha albergado aspiraciones presidenciales desde el día que dejó el poder, el legado de Lagos ha sido cuestionado por sus adversarios y las falencias de su administración y errores de su sexenio han sido continuamente resaltados. Peor aún, la cercanía en el tiempo aún no permite evaluar el resultado de largo plazo de algunas de sus reformas.

Con todas sus sombras –y sus más numerosas luces– Lagos fue más ambicioso en su diseño inicial que sus dos predecesores. Es difícil imaginar que su sexenio haya podido conseguir más de lo que hizo. Si bien Lagos fácilmente pudo haber evitado algunos errores, todo gobierno tiene elementos negativos en sus legados. Resulta difícil encontrar un área donde Lagos no haya intentado reformas. Lagos logró anotarse tantas victorias precisamente porque intentó tantas reformas. Cuando pase la ‘hojarasca’ de la que él mismo habló –y el propio Lagos ha contribuido a crear al no explicitar sus planes políticos– su legado crecerá mucho más de lo que sus críticos y adversarios están hoy dispuestos a reconocer.

Sería injusto intentar evaluar el legado de Bachelet cuando resta un año y medio para el fin de su mandato. Pero parece correcto sugerir, al menos tentativamente, que su gobierno no se perfila como la más exitosa de las administraciones concertacionistas. Ya que pasará a la historia por ser la primera mujer en llegar a La Moneda que por cualquiera de sus aciertos o errores, Bachelet difícilmente puede ser considerada como la más exitosa entre los últimos diez presidentes. Ni el desempeño económico ni las necesarias pero poco ambiciosas reformas de pensiones y de educación pre-escolar (y la nueva Ley General de Educación, en caso de que sea aprobada) lograrán opacar los problemas y errores de su administración. No por nada Bachelet hoy tiene niveles de desaprobación presidencial tan altos como los de Frei Ruiz-Tagle en plena recesión económica de 1999.

Lagos, el mejor

Por todos los aciertos y pese a los errores propios y ajenos de su administración, Lagos emerge como el mejor presidente de Chile de los últimos sesenta años. Más ambicioso que Aylwin o Frei Ruiz-Tagle, y sin cargar con una pesada mochila de desaciertos como Pinochet, Lagos dejó un legado que crecerá en el tiempo. Por eso mismo, ahora que evalúa ser candidato presidencial en 2009, Lagos debe sopesar las ventajas del enorme capital que constituye su legado con el gigantesco riesgo que implica participar en una campaña presidencial de impredecible resultado. Como mejor presidente en la historia reciente, Lagos tiene mucho que perder. Por más reformas que impulse, la herencia de su segundo periodo difícilmente podrá superar al de su primer sexenio.
Pero ya que precisamente su gigantesca ambición explica el éxito de su legado, parece lógico pensar que el mandatario que más logros tuvo en La Moneda será incapaz de resistir a la tentación de volver a ocupar el sillón presidencial.

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