11/10/08

Crisis Financiera y Crediticia

Génesis de la crisis

En enero de 1980 el gobierno estadunidense autorizó el rescate de la compañía automotriz Chrysler, que se encontraba en dificultades desde 1975 debido a la recesión. Los directivos de la compañía propusieron un plan al gobierno para restructurar la empresa, cerrando plantas, reduciendo salarios y cortando beneficios. Todo esto se haría con la ayuda de la burocracia sindical.

En los años siguientes Chrysler cerró 28 plantas en Estados Unidos, despidió a 48 mil obreros (de una plantilla de 98 mil). Otros 20 mil empleados también perdieron su empleo. Los más jóvenes y militantes fueron los primeros en ser despedidos, mientras la burocracia sindical era recompensada. En una maniobra presentada como ejemplo de colaboración entre trabajadores y empresa, el secretario del sindicato se convirtió en miembro del consejo de directores de la compañía.

En agosto de 1981 el sindicato de controladores aéreos profesionales de Estados Unidos estalló una huelga en demanda de aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo. El sindicato estaba violando una ley que prohibía a empleados federales recurrir a la huelga. El entonces presidente Reagan decidió que esto era una amenaza para la seguridad nacional y envió un ultimátum: o regresaban a laborar en 48 horas o serían despedidos. Sólo una minoría obedeció y fueron despedidos más de 11 mil controladores. El sindicato perdió su registro en octubre de ese año.

Estos dos episodios marcaron el comienzo de una ofensiva profunda en contra de los sindicatos en Estados Unidos. El principal resultado fue la declinación de los sindicatos en ese país: entre 1977-1997 el porcentaje de la fuerza de trabajo empleada con afiliación sindical pasó de 25 por ciento a 14 por ciento. El gran aliado del capital fue la llamada flexibilización laboral y, en especial, la eliminación de restricciones para despedir trabajadores (el sistema se conoció con la frase hire and fire, contrata y despide). Otra arma contra los sindicatos fue la amenaza de perder empleos debido al libre comercio. La retórica de las empresas era clara: si los sindicatos no reducen sus demandas, perderemos la batalla de la competitividad, cerraremos y todos saldrán perdiendo. La burocracia sindical se acomodó, abandonando la búsqueda de mejores condiciones laborales para cooperar con patrones y gobierno.

Como resultado, el salario mínimo y los contractuales sufrieron una reducción de casi 10 por ciento durante el periodo de 1979 y 1997. Siguió una modesta recuperación después de 1998, lo que permitió recuperar el nivel de 1979 en 2003. Sin embargo, a partir de ese año los salarios retomaron su tendencia descendente. A lo largo de estos años se intensificó la precariedad del trabajo y se deterioró la calidad del empleo.

Durante este periodo histórico se presenta un extraordinario incremento de la desigualdad en Estados Unidos. Entre 1973 y 1990 la productividad se mantuvo estancada, pero entre 1995 y 2005 se incrementó en 30 por ciento. Sin embargo, los beneficios de ese aumento se fueron a los estratos más ricos: 20 por ciento más privilegiado de la fuerza de trabajo ocupada vio sus ingresos reales aumentar 30 por ciento. Al mismo tiempo, la caída en el salario real del 20 por ciento más desfavorecido fue de 22 por ciento.

Esta pérdida de poder adquisitivo del salario es parte importante de los orígenes de la crisis actual, porque tuvo que ser compensada con endeudamiento privado para mantener niveles artificiales de demanda efectiva. Toda una generación no tuvo más remedio que endeudarse para mantener sus niveles de consumo. Las burbujas que atenuaron los efectos negativos de los ciclos de negocios es sólo un aspecto de este endeudamiento.


El capitalismo estadunidense reaccionó contra el movimiento sindical y la clase trabajadora porque la caída en la rentabilidad a partir de los años 70 obligó a limitar las remuneraciones al trabajo. De este modo, el sueño americano fue sacrificado en el altar del capital. Hay muchos datos que permiten documentar lo anterior, pero todo esto conduce a otra pregunta: ¿por qué cayeron los niveles de rentabilidad? Los niveles de exceso de capacidad instalada en esta etapa de acumulación de capital sin duda están relacionados con esta evolución de la rentabilidad. Pero eso no es suficiente y este tipo de análisis sólo desplaza el problema para llevar a una última interrogante: ¿cargará el capitalismo en sus entrañas la semilla de su propia destrucción? La agenda política que se desprende de esta reflexión obliga a plantear el problema de las alternativas al capitalismo, tema injustificadamente relegado a un oscuro rincón desde hace 20 años.

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