14/12/08

El Diario de Agustín


Afinando la puntería
Éste es el texto exacto que pensaba a enviar al suplemento Artes y Letras de El Mercurio, como parte de mi colaboración habitual con ese medio. El texto no fue recibido pues, según el editor del suplemento, es imposible tomar distancia del tema del documental. Que el lector juzgue si es así o no. Por este episodio dejé de escribir para el diario en cuestión.

Hay una escena del documental Ser y tener (Nicolas Philibert, 2002) en que un profesor incita a un niño a pensar en los números y a prolongar el ejercicio de contarlos. El pequeño se empieza a asombrar de que haya tantos números y sus ojos se desorbitan cuando por primera vez su mente concibe la noción de infinito. Ver a alguien que aprende algo es ver a una persona que cambia en lo íntimo a partir de algo evidente, y dos de los mejores obras del cineasta Ignacio Agüero (Cien niños esperando un tren y La mamá de mi abuela le contó a mi abuela) se empeñaron en registrar ese proceso, pero con el mérito de integrarlo con su entorno y sus particularidades.

En su último documental (escrito y producido junto con Fernando Villagrán), Agüero sigue a un grupo de tesistas de periodismo de la Universidad de Chile y su investigación sobre el actuar de este medio en una serie de hechos puntuales en los últimos 40 años, entre ellos violaciones a los derechos humanos. En virtud de lo anteriormente expuesto, se habría esperado que el documental hiciera un registro del proceso de aprendizaje de estos jóvenes, pero desde el principio esto pasa a segundo plano. La investigación de los jóvenes es en realidad un hilo conductor absolutamente funcional con el objetivo de los realizadores, lo que tiene ventajas y desventajas.

LO QUE SE GANA

La cinta tiene la claridad que puede tener un ajuste de cuentas, y su razón de ser puede condensarse cuando uno de los estudiantes pronuncia la palabra “impunidad”. Con su norte claro, la cinta explota al máximo sus 80 minutos de metraje para probar su punto; hay un buen trabajo de fuentes y logra registrar momentos cargadísimos que dejan en claro que el tema no es fácil para quienes tuvieron responsabilidad en las decisiones sobre los hechos involucrados. Todos tuvieron la oportunidad de hablar y no es responsabilidad de los realizadores que algunos no la hayan querido aprovechar.

Con el montaje se responde fluidamente las preguntas que se plantea a medida que avanzan las investigaciones de los tesistas; y la sensación de velocidad con que se desenvuelve la película no obsta para que de a poco los hechos pasados se traduzcan en las conclusiones que los creadores tienen sobre el presente. Por un lado están las bastante elocuentes fotografías del principio de la cinta, donde las principales personalidades políticas del país posan con el propietario de este medio; por el otro, el sociólogo Manuel Antonio Garretón hace explícita la voz de los autores respecto de que El Mercurio es prisionero de sus palabras y decisiones pasadas, y lo seguirá siendo por mucho tiempo. Esto último no se sigue de lo exhibido en el metraje; las aseveraciones sobre el futuro sólo pueden ser refrendadas por los hechos futuros.

LO QUE SE PIERDE

Ignacio Agüero dijo de sus películas anteriores que “no le importaron a nadie”. Y es una lástima, porque algunas de ellas eran obras complejas y sutiles donde se cruzaban el crecimiento de personas y grupos con un contexto particular que era sutil pero significativamente modificado por ese crecimiento. Claro, no hablaban del periódico más influyente de Chile, pero sí hablaban de forma diagonal pero muy clara del entorno humano y cultural que retrataban, tanto en el plano emotivo como en el racional. El diario de Agustín tiene muy poco de eso.

Su afán es la denuncia, y como tal recurre a las reiteraciones para ahondar cierta sensación de pasmo y escándalo, así como junta imágenes y sonidos para matizar lo anterior con una ironía que suele devenir en sarcasmo. Hay mucho oficio en este documental, pero está orientado a un solo fin. Estamos en presencia de un autor que “redujo” el espectro de sus intereses para decir con claridad lo que quería decir, aunque con ello ponga conscientemente a su película unos cuantos pasos por debajo de sus mejores obras.

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